domingo, 28 de febrero de 2010

Pesadilla



Nunca creí que iba a llegar a esto. Claro, cuando una es joven le parece que la vejez es algo tan lejano que no existe, pero inexorablemente se hace presente. No le tengo miedo a la muerte, la muerte suele ser una liberación y en mi caso debe ser así, porque ya no soporto esta vida.

Ser anciana no me molesta, lo peor es caer bajo la dependencia de otras personas que no tienen el más mínimo interés en una. Y aunque haya sido una personalidad destacada de la cultura y las artes, todos se empeñan en tratarme como si fuera una idiota que no sabe pensar por sí misma.

No sólo se trata de que quieren imponerme dónde sentarme, cuándo acostarme, cuándo levantarme, si debo tomar fresco o ver la televisión. Lo más grave es que ya no puedo vestir mis prendas femeninas. Porque soy crossdresser, ¿sabe? Primero tuve que renunciar a mantenerme depilada y ver crecer ese vello que me remite a la parte de mí que detesto. Y de la ropa ni hablar. Les pedí a mis hijos que me trajeran algo aunque sea de todo lo que tengo en los roperos pero ellos no contestaban, era como si le hablara a la pared. Traté de hacerme de unas prendas que encontré en el canasto de la ropa sucia y me descubrieron las empleadas del geriátrico.

—¿Qué? ¿Ahora se hizo maricón? —dijo una de ellas, y las demás se rieron como si hubiera dicho una verdadera gracia.

Cuando insistí con mis hijos, finalmente se hartaron y me confesaron que Elena y Sara habían tirado todo a la basura. Elena y Sara son mis nueras, las muy brujas. Les pedí las fotos, esas fotos que adornaban mi dormitorio donde aparecía, entre otras cosas, con mis botas favoritas o con el vestido de seda verde que tanto me gustaba. También las tiraron, me confesaron. Mis nueras dijeron que era una inmoralidad, que yo era un pervertido y que sería la vergüenza de la familia si se sabía que me pasé la vida andando por ahí vestido de mujer.

Usted ya está viejo para esas cosas, argumentó la única empleada que me escuchó atentamente. El tiempo que prestó atención a mis reclamos antes de decirme esas palabras fue la única muestra de amabilidad que he conseguido en todo este tiempo.

¿Qué voy a hacer sin mis prendas femeninas, sin mi caja de maquillaje, las pelucas o la bijouterie? ¿Por qué tengo que renunciar a una parte de mí? Me han aprisionado. Dos veces, una en este maldito hogar de ancianos y la otra dentro de mi cuerpo de varón que ya no puede volar, como antes, adonde la fantasía no tiene límites.

Así que ando llorando por los rincones. Bueno, a veces llorando y otras mirando atentamente dónde el empleado de mantenimiento suele dejar el veneno para ratas.



Alexia Montes

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