miércoles, 3 de noviembre de 2010

Alberto, de Flores - Juan Manuel Aragón

Como para impresionar al porteño, alguien empieza a contar de la vez que Pica Cáceres se fue a Nueva York y que allá le avisaron que se le había muerto la madre. Como no había tiempo para venir en avión, decide volver a nado. Y que después de una hora de bracear pedía
-¡Changos!, ¡changos!, avisemén cuando llegue a la Alsina.
Claro, primero hubo que explicarle al porteño de esos nacidos y criados a tres cuadras del puerto, que antes había algunos que se tiraban al río en el puente Negro y que nadaban hasta la bajada de la Alsina. Parece que le gustó el cuento y dijo que nos iba a contar uno que demostraba cómo eran de exitistas los porteños y los argentinos, que un día creemos que alguien es Dios y al siguiente lo tenemos como el peor de los demonios.
El porteño comenzó a contar de un tipo que se conecta con Gerardo Sofovich por medio de un amigo que tenía un conocido que laburaba en la tele. La cuestión es que al ruso le interesa la propuesta, habla con amigos que tenía en el estadio de River y lo alquilan un día martes, que no pasaba nada en el club. El tipo, “pongamos que se llamaba Alberto”, dice el porteño, era uno que se cogía cien minas en un solo día, se las recontra mil garchaba a todas y para demostrarlo les acababa en la cara una por una. La cuestión era romperles el orto a los brasileños, que tenían el récord mundial: un negro con una pija descomunal que se había recontra mil fifado a veintiséis garotas en un solo día. Bueno, este tipo terminaba con cien minas –“escuchame bien”, contaba el porteño con esa tonada que tan bien conocemos “cien minas en menos de 24 horas, escuchame”-, una barbaridad. Todavía daba changüín, porque comenzaba a las 8 de la mañana y terminaba a la medianoche. Ya había hecho la prueba varias veces, pero ahora quería que se lo certifiquen para el libro de los récords Guinness, qué tanto. Alberto acordó recibir un quince por ciento de la recaudación, el resto iba una parte para pagar el alquiler, los impuestos municipales, la luz y un treinta por ciento para Sofovich.
El porteño lo contaba con esa gracia que tienen ellos para pronunciar bien parejitas las palabras. Para peor este creo que era locutor o algo así, un tipo de la noche que se las sabía todas, así que era una delicia oírlo contar el cuento.
A las ocho y cuarto de la mañana el ruso Sofovich estaba que ardía, el tipo llevaba culiando una sola mina, eso que le habían llevado verdaderas conejitas, mujeres infernales, divinas, un camión. El ruso se había armado un cásting de la mierda para ponerle en la catrera las mejores mujeres de Buenos Aires, casi todas gatos, obvio, pero quién se iba a fijar en esas macanas. A esa hora de la mañana el corresponsal de Play Boy, escribió “Un fiasco”, el de Penthouse bostezaba, y había quince o veinte curiosos, la mayoría de clubes swinger de intercambio de parejas, que discutían sobre las mejores poses para hacer que goce una mina con un dogo argentino o con un pitt bull bien dotado, la cosa es que hablaban de cuaquier cosa, menos del flaco que estaba meta culiar ahí, a cuarenta metros de ellos.
A Alberto le habían ubicado una cama matrimonial en el centro de la cancha. Las chicas iban pasando de una en fondo, todas distintas. A Sofovich le cambió el humor al ver que entre la primera minita y la quinta había pasado solamente una hora. El tipo aceleraba, cada vez bombeba más rápido. Era como una locomotora, que al principio va despacio y cualquiera la alcanza, pero cada vez agarraba más velocidad. Hasta el mediodía el escribano llevaba anotadas 35 minas que se había garchado Alberto. El Ruso se frotaba las manos, estaba haciendo un negocio redondo.
No era pintudo el flaco, que se presentó como “Alberto, de Flores” y que no quiso dar su apellido. De lejos se podía ver que ni siquiera estaba bien armado, no tenía una pija de medio metro de largo o más, como el brasileño que tenía el récord, sino una más bien estándar, los periodistas le calculaban entre 18 y 20 centímetros. Eso sí, era un fierro candente y bien duro, durísimo, un acero de Toledo, hija de puta, no se le ablandaba ni por puta, era una madera. Terminaba con una mina, se lavaba así nomás en una palangana que le habían puesto, llamaba a la siguiente y la chota seguía erguida y como pidiendo más. A todas se las morfaba en la misma pose: él arriba y ellas abajo. Cuando estaban por terminar, unos segundos antes, él le avisaba, ella se incorporaba en la cama, él se le arrodillaba adelante y le tiraba toda la leche en la cara. De tanto en tanto pedía que le alcancen un vaso de agua, un café, un sánguche de miga, algo para picar, lo comía a las apuradas y a seguir dándole al asunto. Cada hora subía un cardiólogo a controlarlo al flaco. El tordo le medía el pulso, le tomaba la presión y volvía caminando despacio a la orilla de la cancha mientras juntaba el índice con el pulgar, haciendo señas de que estaba todo perfecto. Sofovich había puesto como condición para el show que se hiciera un chequeo general antes de la prueba y Alberto había accedido. Los análisis, el electro, las radiografías y hasta una tomografía computada le hicieron, todo le dio bien, ni una gota de colesterol tenía, una pinturita el flaco
A la una de la tarde, con las tribunas hasta la mitad, cada vez que terminaba con una mina, lo aplaudían. Todo muy correcto el espectáculo, nada del otro mundo. Pero, como suele suceder en estos casos, al parecer se fue corriendo la bola, el boca a boca que le dicen y a las 4 de la tarde hubo que habilitar más boleterías para los fanáticos que se comenzaban a agolpar para entrar al estadio.
A esta altura el porteño ya acaparaba la atención de todos. Se había hecho un silencio de la mierda en el bar, las mesas vecinas estaban calladas también, los demás parroquianos también estaban atentos a la historia del amigo. Y el porteño seguía contando que al principio una sola radio transmitía lo que pasaba en los informativos usando eufemismos como “Alberto el hombre del amor”, “el argentino más aguantador”, pelotudeces por el estilo. Pero a las 4 de la tarde, con sesenta y cinco minas recontra bien recogidas, el estadio ya era un hervidero. Desde las tribunas bajaba un clamor
-¡Flacooo!, ¡flacó!, ¡flacó!
O si no:
-¡Albeeerto!, ¡Albeeerto!, ¡Albeeerto!
A las 6 de la tarde la cancha ya estaba hasta el culo de gente. Cada vez que el flaco se cogía otra más, se alzaba el grito triunfal de la patria:
-¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!
Un quilombo de la mierda. A las 8 de la noche Telefé le compró a Gerardo los derechos exclusivos de la transmisión. Los barra brava de Boca, River, Independiente, Racing se hermanaban en la tribuna, juntos, como en un partido de la Selección Nacional. Durante la tarde hubo varios pasajes en los que todos abrazados cantaron el Himno Nacional, un momento mágico, como los que ocurren pocas veces en la Argentina.
-¡Viejo, le estamos recontra rompiendo el orto a los brasileños hijos de puta!- se alegraba la mayoría.
Hubo un momento de hilaridad cuando, en un instante en que se hizo un inexplicable silencio y Alberto terminaba de culiarse a una morocha hermosísima, que alguien gritó:
-Pelé, la tenés bien adentro.
Se agitaban banderas argentinas. Una jornada de fiesta. A las 10 de la noche Alberto se estancó un poco. Le habían llevado una morocha muy, pero muy fuerte, una mina que rompía las baldosas, un culo tremendo, unas tetas como para ganar el campeonato mundial de las tetonas, fuertísima la morocha, unas piernas larguísimas tenía, algunos recordaban haberla visto en un desfile de Giordano, con eso te digo todo. Y el tipo estaba ahí, meta darle desde hacía 20 minutos bombeando, no terminaba nunca, demoraba en acabar. Desde las tribunas bajaron algunos tímidos chiflidos que fueron acallados por la mayoría. De repente Alberto hizo la seña, la minita se arrodilló en la cama y él volvió a eyacular, con el primer chisguete le dio en el ojo y la gente se comenzó a reír.
A las once de la noche, con 93 minas bien culiadas, las tribunas eran una fiesta. La gente se abrazaba, todos gritaban, se agitaban banderas argentinas, renacía el espíritu patrio cada vez que el Flaco Alberto se tumbaba otra minita. Si conseguía la hazaña el presidente prometió que lo recibiría al otro día en la Casa Rosada con todos los ministros, algunos diputados preparaban homenajes, sexólogos freudianos y lacanianos se unían para estudiar el fenómeno y prometían citarse los unos a los otros en las próximas ponencias que presentaran en sus congresos. Se vivía un clima de unión fantástico, como cuando ganamos el Mundial 78 o el del 86 en Méjico.
Mientras, la tribuna era una fiesta, arreciaban los cánticos contra los brasileños:
-El que no salta es un brasuca.
O una canción con una música muy pegadiza que comenzaba diciendo:
-Peléee la tenés bien puesta en el recontra ortoooo// sacátela si podés, negro de mierda. Ahora cada vez que el flaco terminaba de coger una mina, espontáneamente brotaba el
-¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!- de todos los pechos, en un grito unánime, orgulloso, plenamente nacionalista y fervoroso.
A las 11 y media de la noche, con la mina 96 recontra mil garchada, hubo una suelta de globos, la gente encendía bengalas de colores, el acontecimiento se transmitía en vivo y en directo a todo el país. Además había corresponsales de la BBC de Londres, El País y El Mundo de Madrid, el New York Times y otros de todo el mundo, más todos los diarios locales y algunos de las provincias. La Argentina era una fiesta. De Tucumán llegaban noticias de manifestaciones de apoyo en la plaza Independencia mientras el gobernador mandaba un telegrama de felicitación, la avenida San Martín de Mendoza era un hervidero de gente porque la municipalidad había instalado pantallas gigantes, lo mismo pasaba en la peatonal de Córdoba, en la plaza 9 de Julio de Salta, en Neuquén, San Luis, el país entero festejaba en las calles, plazas, veredas, los balcones estaban embanderados como si fuera el 9 de julio, el 25 de mayo.
Y de repente, cuando iba por la mina 98 y los relojes marcaban 11 y 52, a ocho minutos de la hazaña, el tipo saca el choto de la concha de una rubita más hermosa que la mierda, ella quiere incorporarse, ponerse de rodillas para recibir la leche y el flaco se cae a la mierda redondo, desmayado el hijo de mil puta. Había perdido el conocimiento ahí, cuando le faltaban apenas dos minitas para terminar la hazaña de su vida.
En ese momento hubo medio minuto de estupor. Las banderas se bajaron incrédulas, los locutores se callaron, en Tartagal la gente se quedó petrificada frente al televisor, a nadie le parecía cierto lo que acaba de suceder. Una desgracia. En Trelew, una ruidosa caravana que festejaba por las calles, se paró en seco. En Clorinda la multitud no salía del estupor. En Loreto, de repente hubo un silencio espectral, como si le hubieran descubierto la mano al Diego. Imaginate que le sacaban la roja, lo echaban a la mierda después de hacer el gol con la mano a los ingleses. Bueno, algo así pasó en toda la Argentina.
Fueron los porteños que estaban en el estadio, los primeros en advertir que lo que había pasado. Y 35 segundos después de que el tipo se quedara desmayado sin llegar a las cien minas cogidas, empezaron a gritar
-¡Puto!, ¡puto!, ¡pu-to!
-¿Ven? -dijo el porteño- así somos los de Buenos Aires.
Pero uno que estaba en el bar le respondió:
-No amigo, así somos los argentinos.
Mientras, Jushi se lamentaba
-Pobre tipo, llegar a las 98 minas y no batir el récord, eso sí que es una puta yeta, ¿no?
-No –respondió otro- eso no es yeta, así somos los argentinos, siempre que estamos por llegar a último momento se nos manca el pura sangre. Hay que reconocerlo, somos todos putos, unos putazos de mierda.
Y no hubo nadie el bar que le llevara la contra.

5 comentarios:

  1. Lo lei rápido. Tiene velocidad.
    Me gusta como está narrado Juan Manuel.
    Vos sos un tipo que la tiene re clara con respecto a la técnica narrativa y eso me ha gustado.

    Sobre la temática, bueno, no es de las que más me gustan.

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  2. Narración que te suma a la emoción de la competición, para luego sufrir la derrota. Bien contado, claro que el deporte está aún por ser aceptado oficialmente, jajajaja.

    Bellisa

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  3. ¿Anónimo no aparece? Qué desilusión.

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  4. Me necesitas?? No sabía que sin mi no podías vivir!!!!!!!......

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