miércoles, 16 de septiembre de 2009

Dirección de Catastro, de Juan Manuel Aragón

Dirección de Catastro


La Nancy está en Fini con dos tipos. Me mira, desde lejos hace señas, saluda a manos llenas. Entro. Qué haces en este antro de perdición, pregunto con una sonrisa, mientras las últimas jubiladas y pensionadas se retiran de la confitería a tomar la sopita.
-Estoy festejando porque ya soy una flamante profesora –responde- por eso vengo aquí y no a los tugurios a los que me llevabas vos.
-Jajajá- risas generales.

Me presenta a los tipos, son pescados de río, el sábalo se llama Walter creo, al otro es un calibagre de los grandes, si lo veo de nuevo en la calle no lo reconozco. Me dice el nombre pero no le presto atención. Lo mismo es. La felicito por el título. No pregunto profesora de qué porque me olvidé qué estudiaba, si es que estudiaba, claro. En una de esas les ha hecho el verso a estos pejertos para pasarla bien el sábado a la noche. De todos modos le doy un beso cerca de la boca, ella me mira como diciéndome que lo acepta. Bien, pienso, punto para mí. Está cansada la noche, eso que todavía no ha empezado. No hay ni luna para ladrarle. Es temprano todavía, algo va a surgir como para acortar del todo el fin de semana. Siempre surge algo. La Nancy les cuenta a los pescados que puedo ayudarlos en un laburo que están iniciando, sobre todo por mi experiencia en el diario.
-¿Ah?, ¿sí? -se admiran- ¿así que trabajas en un diario?, ¿en cuál?

Ya se han dado cuenta de que hay onda con ella. Sospechan que estoy a punto de arruinarles la idea de terminar la noche enfiestados con la Nancy. Otro programa no se puede hacer con ella. Que ahora está en otra cosa, habla de mis notas en el diario, miente. Me atribuye primicias que no fueron mías o que salieron en otra parte. No hay caso, puesta a mentir es un balazo, no para más: va largando una falsedad detrás de otra. Cuenta noticias que no salieron nunca en ninguna parte. Ni van a salir jamás. El sábalo dice que ahora están en un proyecto auto gestionado para poner un blog en internet con múltiples autores y un enfoque multidisciplinario de integración comunitaria con ejes en no sé qué y en paralelo con no sé cuánto. Ahá, pero qué interesante, che, me oigo decir, poniendo cara de asombrado, de estupefacto, como diciendo “pero, mirá qué inteligente que había sabido ser este tipo”. Los pescados creen que cuanto más largo es un nombre más impresionan a la gente. Pero como no entiendo las palabras modernas, me quedo tranquilo. La Nancy empieza a contar otra anécdota trucha del diario, Ahora me atribuye la caída de un juez del Superior Tribunal en un escandaloso caso de corrupción judicial. De dónde saca tanta imaginación esta mujer, si llegaba a llamarse García Márquez, se mandaba Quinientos años de soledad y se quedaba corta. Al paso que sigue, lo de Watergate es un jueguito de pallana al lado de lo que yo hice en el periodismo santiagueño. La pateo por debajo de la mesa, pero el calibagre se da cuenta, ningún boludo el chabón. El sábalo también está alerta. Sospechan que la fiesta con la Nancy está a punto de venirse en picada. Hay un silencio incómodo. Alrededor de nosotros las jubiladas siguen su parloteo, dale que te dale. Parece una bandada de loros barranqueros, todos gritones, verdes, los ojos negros. Así son las maestras cuando se jubilan. Eso que algunas dicen que quedan roncas por el polvillo de la tiza. Macanas que inventan. En un momento pienso en organizar una fiesta con los pescados, pero después me digo que no Juancito, cuatro es multitud para estas jodas, aunque casos se han visto, claro. La Nancy anuncia que va al baño un momentito, que ya vuelve. Pongo mi mejor cara de infeliz y a la primera de cambio la sigo. Subo las escaleras. Está esperándome en el primer piso.

-Sos un guacho- me dice.
-Qué hacemos más tarde- pregunto.
-Nos vemos en un rato, en cuanto me libre de estos.
-Dónde.
-Andá por Periko, de paso comemos algo antes.
No pregunto antes de qué. Esta noche no tengo muchas ganas. Será que ya no soy el mismo de antes. Pero le digo que sí.
Cuando vuelvo del baño ella está con los pescados. La Nancy les habla de Borges. Qué sabrá el chancho de aviones si nunca ha mirado para arriba. Les digo que tengo cositas que hacer, saludo y me mando a mudar. Ellos me miran aliviados, creen que han ganado la partida. Que piensen lo que quieran qué me importa.

Regreso a la pensión. Los muchachos de la Catamarca miran la tele. Juega la Argentina, creo. Con razón había tan poca gente en la calle, me percato, sólo las jubiladas de Fini. Me doy una ducha. La Coti me ha guardado una milanesa del mediodía. Hago un sánguche, y lo voy comiendo mientras miro los últimos estertores del partido. La Argentina va perdiendo. Los changos van a ir al boliche. Les digo que me esperen, que vuelvo y me prendo con ellos. A esta altura del mes la Coti ya no reclama que le pague la pensión. Sabe que le voy a quedar debiendo, igual que el mes anterior y posiblemente lo mismo que el próximo.
-Esperame que tengo unos asuntos en el centro y vuelvo- le digo. Y le pellizco la nalga, para que sepa que voy a volver tarde.
-Es sábado, qué quieres.
-Vos, siempre el mismo- me reclama.
-Tengo cositas que hacer. Aguantame despierta y organizamos una fiestita privada.
Le susurro al oído, acordándome de la Nancy, que ya se debe haber despegado de los pescados.
Antes de irme le pregunto a uno de los changos a quién le ha chacado las zapatillas. Son de las que tienen lucecitas. Una maravilla. Deben salir como trescientas lucas, tal vez cuatrocientos.
-Son legales-legales, gato- me responde.
-Ahá- le digo. Sabe que no le creo.
Bañado soy otro. Camino despacito hacia el centro. Ya ha pasado el partido. Otra vez perdió la Argentina. Mejor. Muchos se ponen insoportables cuando gana. Gritan, agitan banderas, se enardecen, cantan y bailan, están felices, salen a la calle, festejan, nunca he sabido por qué, ahora que estoy viejo, menos, pero ya no pregunto, no me gusta quedar mal con los futboleros. Al final, salvo por ese fanatismo inútil, son buena gente, de laburo.

En Periko está la Nancy. Desde lejos me relojea. Ya no están los pescados. Desaparecidos en acción, se la merecían más que yo, por supuesto. Toma un café y fuma. Entro. Me reta.
-Has demorado, che.
-El tránsito está imposible- bromeo.
-No me digas, ni bicicleta tienes.
Quedamos un rato en silencio. Pienso en las fiestas que hicimos. Ella me mira y me guiña un ojo.
-Pedite algo para comer- le digo, como para romper el hielo.
Llama al mozo y encarga un lomito completo.
-¿Y vos?
-No voy a comer, no tengo hambre.
Me toco la panza con la mano derecha y le hago el típico gesto de hígado maltratado.
-Tomate una Hepatalgina- me recomienda. Pone una cara como la que sabía poner mi madre cuando me decía algo y sabía que no le iba a hacer caso. Pobre vieja. Uno de estos días tengo que ir a verla.

Apenas el mozo se retira, la Nancy comienza a recordarme historias antiguas que teníamos. El baile de carnaval en el que nos conocimos, la hermana que nos presentó, las cosas que le mentía para conquistarla y el título de médico pediatra del hospital Regional que me inventé esa noche y, por supuesto, nunca le mostré porque agatas llegué a quinto año del secundario. Hasta hoy la hermana sigue diciéndome doctor cada vez que me ve por la calle. Y ya no voy a sacarla del error. Después me habla de su laburo en Catastro, de la jefa maldita que tiene, me pregunta qué puedo hacer para denunciarla en el diario, poné que el otro día cuando pasabas por ahí, alguien te ha contado lo mal que trata a las empleadas. Porque a los empleados los trata bien, esa turra. La vieja se comenzó a morir el día que falleció mi viejo, Mis hermanas le dan una vuelta todos los días. Adora a los nietos y a pesar de que ya están grandes, cuando van a visitarla les convida caramelos. Está buena la Nancy, lástima que hable tanto, no puede parar, le agarra como una compulsión. Se conserva en formol, parece. Debe hacer régimen o algo, porque ni siquiera le han crecido las caderas como a otras. Tampoco como para decir
-¡Ooohhh! ¡qué espectáculo!
Pero está ahí, correcto el pase. Veterana de mil batallas, casi todas perdidas, me parece. Le pido que me aguante un cacho porque tengo que irme.
-Pero ya vuelvo.
-No me dejes plantada. mirá que no tengo para el sánguche.
-Si te digo que ya vengo, ya vengo.
La tranquilizo.
Y me mando a mudar. No tengo un mango partido por la mitad. Además con sus cuentos de los bailes de carnaval, la dirección de Catastro, la jefa, las compañeras, la atención al público, los expedientes que no caminan, el tarjetero de la entrada y la mar en coche, ya me tiene con los huevos hasta la tercera napa freática. Alguna vez he pensado que si hubiera sido muda ya me habría casado con ella, tendríamos tres hijos, casita con porche en el frente, Renault 12 para trabajar de remisero a la tarde, cuentas en Frasogo o como quiera que se llame el boliche donde compra lavarropas la gente. El problema es que no para de hablar, es una máquina de soltar palabras. No sólo eso, exige que le contestes, que estés atento. Cansa.
Salgo apurado. Con el último aliento de la tarjeta del celular le marco a Cecilia.
-Qué haces.
-Aquí estoy, haciendo vida en familia. ¿Y vos?
-Nada, extrañándote, mi vida
-Venite.
Me cuelga. Huelo algo raro. Igual voy. Esta noche te agarro y te amasijo, pienso.
Córdoba al 400. Muchos autos en la calle. Toco el timbre. Cuando la Ceci me abre, me doy cuenta de que ya estoy entrampado. Hay fiesta. Cumpleaños del viejo. Sonamos, vida en familia. Volvieron los Campanelli. Vinieron todos, con razón los vehículos.
-Vení que están todos.
Dice la Ceci. Me agarra del brazo y me lleva de la rastra hasta el patio. Uy. La tanada en pleno, tíos, tías, sobrinos, padrinos, madrinas, cuñadas, cuñados, suegros, yernos, nueras, nonos y nonas, novios y novias de pelajes variados, además de felices consortes. Los chicos corretean por el patio, desvelados y llenos de energía. No falta ni el canario. La Ceci sabe que si me avisa antes, no voy. No me agarran ni en pedo, no paso ni a veinte cuadras a la redonda. Me hago humo durante varios días, por las dudas. Van por la mitad del asado. Saludo a los viejos, no les queda otra que sonreírme. Algunas tías me miran con curiosidad, la vieja debe haberles contado lo de la nena, Una chica tan buena, tan estudiosa, tan de su casa, agarrarse con ese malandra. Qué pena, che.
La Ceci me instala al lado de uno de los hermanos. Apenas me siento me pregunta qué opino del partido. La conversación viene de fútbol.
-Lo que pasa es que no se sabe bien a qué juega la Argentina, ¿no? Ha faltado un buen volante de contención, un enganche- largo el bolazo.
Me interrumpe el cuñado, encantado con el comentario. Se ve que tiene preparada una perorata larga sobre la Selección, se sabe los nombres completos de los jugadores, en qué puesto juegan, de qué clubes vienen, todo. Yo pienso en los muchachos, que a esta hora deben estar saliendo a milonguear. A cada rato hago así con la cabeza y le doy la razón. No sé por qué, pienso en Saravah. De niño, los sábados mis padres me llevaban a Saravah. Era una confitería para grandes y chicos, sobre todo los sábados a la noche, como ahora. Odia a Maradona, el cuñado, pero no me queda claro por qué. Observo una de las primas, está buena. El novio le hace marcación personal. La miro disimuladamente, estamos en familia. Está buena la primita, tiene una cara de atorranta que mata. Al rato la Ceci me lleva a la cocina. El hermano sigue disertando sobre Lionel Andrés Messi. No hay caso, se las sabe todas, hasta el segundo nombre. Me olvido de Saravah, del que no queda ni un triste recuerdo, ni un monolito que recuerde dónde quedaba. Malaya triste destino, los boliches argentinos.

-Vení que vamos a servir el helado. Es de Limar- me avisa Cecilia. No hay nadie en el living, me arrastra hasta ahí. Frente al cuadro del abuelo llegado del Friuli, nos besamos. Está feliz.
-Yo creía que no ibas a venir.
-Eh, ¡cómo crees que te voy a fallar!- le digo, pero no entiende el chiste.
Y aprovecha para contarme que esa noche no vamos a salir a ninguna parte.
-Después tengo que ayudar a mi mamá a lavar los platos.
-No te hagas drama.
-Pero se me va derechito a la pensión, ¿eh?
-Claro, mi vida.
Pienso en los muchachos de la pensión, ya deben haber salido para el boliche. Las dos de la mañana, cómo pasa el tiempo en estas fiestas.
Como a las tres me mando a mudar. Antes de que empiecen a quedar cuatro o cinco parientes preguntones. Miento que tengo que trabajar al otro día. Igual, no faltan las chusmas. Una de las viejas me agarra al vuelo antes de que me vaya.
-¿Usté trabaja los domingos?- se hace la curiosa.
-Así es doña -le digo- el diario de los lunes no se hace solo.
Lo piensa un momento y me da la razón.
-Uno de estos días le voy a contar de un vecino que tengo, funcionario el hombre. Se va a hacer una panzada para sus notas.
-Hablemé y conversamos- le doy mi número de teléfono.
Es la madre de la primita de la Ceci. Nunca se sabe.
A la vuelta paso por Periko. La confitería está casi vacía. La Nancy sigue en la mesa, pegada al vidrio de la pecera, firme como rulo de estatua, plantificada. Me mira como si yo fuera un querube salvador.
-Al fin vuelves, che ¿Dónde te habías metido?
Está hecha una furia. Saco treinta pesos y pago la cuenta. La Ceci me ha prestado unos mangos, si no, no pasaba por Periko ni mamado.
-¿Qué hacemos?- le pregunto.
-No sé vos, lo que es yo, me tomo el buque.
-Eh. No me dejes así.
-Sos un hijo de puta- me insulta esa mal agradecida. Le pago el sánguche. Me sigue insultando con todos los agravios que sabe, que no son pocos.
Y se manda a cambiar. Uf. Menos mal, ya no la bancaba
Qué le vamos a hacer.

La noche se queda oscura y solitaria. Pido un café y lo tomo amargo para sacarme el gusto empalagoso del helado de sabayón.
Camino despacito por la Buenos Aires. De regreso a la Catamarca. En la pensión está todo oscuro. Paso despacito por frente al dormitorio principal, no vaya a ser que la Coti se despierte y quiera guerra. No quiero lolas. Ya está, se terminó el sábado. Mañana tengo que estar temprano en el diario. No sé qué quieren hacer, notas especiales para el lunes. Siempre inventan algo. Me desvisto y me acuesto sin prender la luz para que no se avive la otra.

Al rato viene la Coti. Parece que me ha sentido. Sonamos, no se olvida de que le he prometido guerra. Me hago el dormido.
-¿Juan?, ¿Juan?
Me llama despacito.
Pego un ronquido y me doy vuelta.
Sigue insistiendo.
-¿Juan?, ¿estás dormido?
Me dan ganas de reírme, pero ha prendido la lamparita y se va a dar cuenta de que me estoy haciendo nomás.
Me mira un rato y se va.
Otra vez zafé. Qué artista están perdiendo las tablas, pienso mientras me agarra un cansancio viejo, como de muerto.
Los muchachos deben estar milongueando de lo lindo. Si tienen suerte, se enganchan una mina y terminan bien el sábado. Me voy durmiendo.

Mañana será otro día.



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domingo, 13 de septiembre de 2009

Vivero de Andrés Navarro

Vivero en la autopista. Ese cartel ahí diciendo. Y la morocha. Y yo volviendo. La previa planta que se rompe. La previa planta que se pudre en la maseta. Y yo dele regar y regar. Y dele con el agua que parece podrida porque el vivero se me va. Y yo la vi que se iba. En el vivero. En la salida sin despedida. Y así nomás la morocha. Y bailamos después dice. Pero no. Y yo digo ahora. Y la morocha dice después. Dice bueno. Dice ahora. Y el vivero rejuvenece. Florece. Y la flor que yo le ofrezco. Le regalo lo que tengo para dar. Y le doy esta flor que gané. Y el vivero se va. Y bailamos después. Y mi demora. Y se pudre. La previa planta se pudre y yo dele regar y regar. Y el otro de la maseta más linda. Más grande. El Otro. Y ponela ahí. Y se pone y yo dele regar y regar con agua que no sirve. Y el vivero ahí a la salida. La despedida. Y yo digo vamos. Y la morocha dice bailamos después. Y dice ahora. Y bailamos ahora. Y la abrazo. Y la acaricio. Y la muevo. Se mueve. Y me le acerco. Me le acurruco. Y bailamos después dice. Y el vivero se me pudre. Y a la salida se separa. Para otro lado va. Y bailamos después dice. Y yo dele regar y regar. Y el vivero se me pudre. Y yo le ofrezco mi flor. Y la morocha la recibe. Y la quiebra. No le gusta. No la siente. No la mueve. Y mi flor se suicida. Y bailamos después. Y el vivero. Y la previa planta se me pudre. Y yo dele regar y regar como un boludo. Y la morocha. Y bailamos después. Y bailamos ahora. Y ella me lo baila. Y me le acerco. Y cuando estoy cerquita. Y bailamos después. Y yo dele regar y regar. Y a la salida sin despedida. Se va para otro lado. Y el vivero se me pudre. La previa planta y la maceta más grande. Y mi maceta. Macetita. Qué macana. Y bailamos después. Y vivero. Y la previa. Y se me pudre. Y qué boludo. Y se me pudre la previa planta. Y yo dele regar y regar. Y bailamos ahora. Y esos labios. Y esa boca. Y esos ojos y cintura. Y bailamos después. Y después bailas con Otro. Y otro te riega. Y yo dele regar y regar en ningún lado. No crece nada. La previa planta podrida ha muerto. Y vos sos previa planta morocha de Otro. Y otro te riega mejor. Y tiene maceta más grande. Y el vivero desaparece. Y se desarma. Y se rearma en Otro lado. Y yo dele regar y regar en este desierto. En este desierto donde creció mi flor. Y te di mi flor. Ésta flor. Que la gané para vos. Para vos. Para vos. Para vos. Para vos. Y a ver si Otro. Macetón y todo. La puede ganar para vos.

jueves, 10 de septiembre de 2009

La jeta del 12: Leónidas Lamborghini eterno aprendiz de brujo


por Andrés Navarro en La jeta literaria de este sábado

Organizador(a):
Tipo:
Red:
Global
Fecha:
Sábado, 12 de septiembre de 2009
Hora:
16:00 - 18:00
Lugar:
Biblioteca Provincial 9 de Julio
Calle:
Buenos Aires 131
Ciudad/Pueblo:
Santiago del Estero, Argentina
Dirección de correo electrónico:

domingo, 6 de septiembre de 2009

Moldavia, de Néstor Mendoza


-Estamos hecho mierda, hermano.-

Me decía mientras vaciaba la última botella de Quilmes de la noche. Los mozos apurados, amontonaban sillas sobre mesas, pasaban el trapo al piso, muy apurados. No decían ni mu, pero ciertos ritos no necesitan del verbo.

-Estamos hecho mierda y encima nos echan a la mierda, no hermano, no hay lugar para nosotros; ni aquí, ni en la China, ni en Moldavia.-

Yo escuchaba en silencio. Mientras por la calle remiseros aburridos y una ambulancia gritona se dirigían a destinos que no se saben. Lo entendía perfectamente porque tambien soy un tumbado que a pesar de todo se anima a flotar.

-Encima Boca que pierde. Los domingos me pegan mal, para el culo me pegan…Que rara es la palabra Moldavia ¿no?, a mí me hace acordar a los moldes donde mi vieja hacía bizcochuelos. Los de chocolate me gustaban. Moldavia es como un molde raro pero con olor lindo, a cocina, a los chicos que venían a tomar el mate cocido mientras escuchábamos en la noblex siete mares las hazañas de Maradona y Brindisi. Era el 81. Ahí relataba el uruguayo…El ta ta ta gol. Morales, Víctor Hugo. Esos años eran lindos. No sé, yo la pasaba bien. Era como la familia Ingalls. Todo bien, aunque la cosecha o un rayo hicieran todo mierda. ¿Te acuerdas?, a ese Ingalls le pasaba de todo pero siempre iba para adelante, pero claro, el estaba en el equipo de dios-.

Uno de los mozos se acerca con su mejor cara de cancillería y nos dice:

-Muchachos, en un rato cerramos.-

Nosotros seguimos como si nada. Mejor dicho Jacobo, mi amigo, siguió, no podía parar.

-Pero después, no sé cuando, dejaron de gustarme los domingos. Ese tufo a misa, los parlantes en el Vinalar apilados y martillando con toda esa cumbia. Ojo que no tengo nada contra eso, es como un Woodstock bizarro, pero me ponen triste; escuchar eso de los iracundos, los cantores del alba y el colmo de los colmos es cuando vienen los wawanco, y ahí se pudre todo… No sé me pone triste y me hace doler la cabeza. Y me hacen acordar al combinado donde mi vieja ponía esas cosas. Y yo que andaba ya con esas ideas de los police o los stone. Además deben ser los años, uno se pone hincha pelota ¿no?... Pero lo peor de todo…como se llamaba esa canción de Baglietto que dice: “y la radio transmite el empate cero a cero de ferro y platense”, ¿era así no?-

Tomó el último vaso de un solo saque. Fondo blanco. Domingo blanco. Domingo de nada.Los mozos nos rodeaban de a poco y ya no eran ministros de relaciones exteriores, habían metamorfoseado en pocos minutos en elementales patovicas. Pagamos y salimos del lugar, no sin antes putear un poco. ¿Bardo sin sustancia?

- No quiero volver a casa, vamos a la Libertad, necesito aire.- me dice.-

Jacobo tambaleaba, hacía el ocho, yo mantenía raramente la línea. A lo mejor porque un susurro, una voz extraña, de otro lugar, me soplaba el ánimo para no caer. Uno mal es jodido. Dos, una catástrofe. Caminamos como pudimos, él medio apoyándose en mí. Buscamos un banco frente a la fuente. Yo tenía miedo que se quebrara, que el llanto fuera más grande que toda el agua de ese ridículo redondel traído de Italia.

- Si viejo eso es el domingo para mí: el empate cero a cero de ferro y platense. Nadie gana, nadie pierde, todo sigue igual. Nada cambia.-

Su voz se hacía cada vez más pastosa y enroscada; una especie de agua punk, ruidosa y preñada de bronca.

- Y no me mires así guacho, no me tengas lástima, acordate que yo también te he hecho el aguante… No te paso factura, y sabes que no soy derrotista.-

Decía esto mientras miraba a una veinteañera, de esas que parten la tierra y toda la galaxia junta.

-Está buena ¿no? Pero nunca me va a dar bola. Yo no entiendo como la Matilde se fijó en mí. A lo mejor a estas chetas del centro les dan curiosidad los tipos como yo. El otro día me decía uno que a las burguesitas les gusta coquetear con la marginalidad, pero después se aburren y te dejan así, en Moldavia, hecho mierda; terminan con un contador o con uno que canta. No lo entiendo, capaz, que es la guita o el escenario. Son la misma cosa me parece… No, ni aca derrotista soy, te acuerdas como la pasamos en el 93? Cuando fuimos a la casa de gobierno, ¿y quemamos todo? Y en la casa de chespirito me saqué un champú de aquellos, de los caros. Eso si que fue lo mas parecido a una fiesta que me acuerde. Y estuvimos con los jubilados, con los de la UNSE cortando las calles, fuimos a los piquetes y después lo corrimos al tata con Leyla y Patricia, con dos fotos lo corrimos. Te lo digo negro, la Libertad es más que una plaza. ¿Cuantas veces vinimos? ¿Te acuerdas? Con nuestras banderas rojas. No nos querían por troskos, porque decian que no era político…todas esas boludeces. Y siempre con vos. La Matilde no existía entonces, no existe ahora, pero vos estas. Che perdona que me ponga maricon, pero un domingo así, ¿da para mariconear no?

Quedamos un rato en silencio. El frío nos empujó a levantarnos sin decir nada.

-Loco vamos a casa, no quiero estar solo esta noche; te diría para ir a un quilombo, pero ni para eso me da. Se me ocurre que si estoy con alguna, no voy a estar, voy a estar lo mismo con la Matilde. Mejor no. Vamos, busquemos un remis.-

Nos costaba encontrar alguno desocupado. Finalmente en La Belgrano y Pedro León Gallo encontramos uno, de esos destartalados que no se fijan en la traza de los candidatos; porque los nuevos, los de las empresas bienudas pasan de largo cuando ven la cara de borrachines. Es como que suponen que no habrá paga o tal vez quilombo, o un fierro de por medio. El viaje fue en silencio por suerte, porque los remiseros tienen la costumbre odiosa de hablarte de cosas que por ahí no interesan. Siempre cuentan lo mismo: “que las pendejas se regalan, que no sabes lo que me pasó el otro día a la salida de un boliche, no tenía plata pero me hizo un pete…y que la calle está difícil y bla bla. A veces me engancho, pero hoy no. Hoy no da para farsear. A veces sospecho que son grandes mitómanos. Debe ser por el embole de estar todo el día ahí sentados. Eso si, son grandes informantes, saben todo el movimiento de la calle: los accidentes, las movilizaciones, los chimentos políticos, y siempre el fútbol. Y que la vieron a la Nina o cosas así.

Llegamos. Mi amigo vive cerca de las palmeras.

-Las palmeras salvajes, que grande Faulkner ¿no?... No entiendo como me dio bola. Claro debe ser por el chamuyo de profesor de filosofía, primero bien, porque les parece raro. Pero el problema viene después, cuando falta el bife y ahí pinta el contador o el cantorcito de folklore conocido. Aparecen en la tele y todo eso. Y yo como pelotudo con mi Hegel y toda la huevada de la metafísica.-

Decía esto mientras hurgaba en todos los bolsillos: los del vaquero, de la campera y maimanta. Yo estaba un poquito más lúcido, solo un poco, y encontré mi billetera, pagué y encaramos a la casita. Como era de esperar, embocarle a la cerradura fue todo un proceso.

-Kafkiana la cosa- me dice-

Porqué Jacobo cuando está en pedo se pone así, como más lúcido. Una lucidez espantosa. Surrealista cruzada con barrio. Por eso es mi amigo. Es un talento pero no lo sabe, o no se lo cree. Se lo dije pero siempre me contesta que la fama es puro verso. No dice cuento, dice verso. Es un poeta, una chispa en medio de las palmeras, el vinal y el salitre.Entramos. La cocina y todos los ambientes en un estado lamentable: platos apilados y sucios, colillas de cigarrillos por el piso, ropas por todos lados. Postales del abandono.

-Bueno, no sirvo para estas cosas, además no me importa ni aca. Para que sirve la limpieza- me dice-. Si todo está podrido, eso también era una letra de algo ¿no?-

Puse la pava para hacer un té. Busque aspirinas en el botiquín del baño. Y después de darle la medicina que recomiendan para estos casos, lo metí a la ducha. A esas alturas era un espantapájaros. Ya casi sin poder sostenerse. Lo dejé En el baño, bajo la lluvia caliente.

-Loco, quedate a dormir, no quiero estar solo. No me dejes solo. me decía desde el baño.-

-Ah y acostate en la cama grande, acompañame, llevate el grabadorcito y pone todos tus muertos, por ahí debe estar dale aborigen… No, mejor buscá nena de Hiroshima. Por lo menos me duermo escuchando lo mío. Basta de Aldo y los pasteles verdes…. Me tienen podrido. Y me tiene podrido esto de caminar tanto para que otros se lleven el premio. ¿Para que marchamos tanto? Si después quedan igual los mismos.-

Cuando terminó de bañarse entró a la pieza. Yo ya estaba ahí, tapado, con el grabadorcito al lado.

-Bueno loco, gracias por quedarte, no sé que va a pasar, pero si pierdo el invicto no me calienta. Una vez más, otra más. Pero creo que no soy tu tipo-.

Se acomodó como pudo y en menos de diez minutos estaba bien mosca. Yo en cambio no podía dormir, lo miraba de reojo. Ahí estaba un gran tipo. Honesto, fiel, bueno. Y me preguntaba para que servía todo eso. Lo miré durante largo rato. Jacobo vencido y tal vez soñando con un lugar mejor. El domingo se moría, el Vinalar dormía con el lunes por la madrugada lleno de svásticas en el cielo. De a ratos se sacudía, se babeaba y apenas audible decía cosas raras, como una jeringoza de chicos. Afiné los oídos y logré desentrañar los sonidos: Moldavia, Moldavia, Moldavía; repetía como un mantra… Y me dormí.

Lunes 31 de agosto. Ejército Argentino, un barrio.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La jeta equivocada: Rosario Bléfari (abierto por visita)



Organizador(a):
Tipo:
Red:
Global

Fecha:

Sábado, 05 de septiembre de 2009

Hora:

16:00 - 18:00

Lugar:

Biblioteca Provincial 9 de Julio

Calle:

Buenos Aires 131

Ciudad/Pueblo:

Santiago del Estero, Argentina

Dirección de correo electrónico:

Descripción

Rosario Bléfari andaba por Tucumán y la contactamos. Antes de ofrecer su "música equivocada" en la Librería Hiperión a las 20 hs. pasará por la Jeta en esta fecha atípica. Abierto por visitas, la jeta de este sábado 5.

martes, 1 de septiembre de 2009

Invitacion

lunes, 31 de agosto de 2009

Pescado Rabioso 3 de Néstor Mendoza


Esta noche vino Fanon a casa

a decirme que la tierra

esta condenada

que los árboles tienen sida.


Yo le dije que ella

me cacheteó delante de la bandera del Che

que no me asusté de ese fusil

que pedí:

que sea lo que mandinga quiera!!!


Me dice, mientras comemos

asado,

que Argelia no queda muy lejos

que vaya cuando quiera

que la guerra es como el amor.


Y yo, que ella después

ni un cuarto de hola.


Fanon le digo;

usted me suena a mayonesa

fanacoa.

Pero el sigue como si nada

que el mocase

que la chica Leyla.


Y yo, quequeque,

hago con ella

Si la llamo o no

Si me permito humillarme.


La madrugada se alarga

seguimos con el hacha

de la lengua

hasta que llamamos un remis

que viene 200 minutos después

y ella y el se van,

para siempre,

mientras ladran perros

como si fueran Valeria Lynch.

domingo, 30 de agosto de 2009

Oferta Taller

Un Amor al Margen de Juan Manuel Aragón

Debo confesar que dudé mucho antes de escribir esta historia y que no me importa que otras empiecen con estas mismas palabras, porque lo que voy a contar es estrictamente la verdad; ya voy para viejo, por lo que poco me interesa lo que digan conocidos y amigos, sobre todo cuando se enteran de mis veleidades literarias. Lo cierto es que comencé a investigar sobre la vida y la obra de Adalberto Rojas por un asunto social, intrascendente e impensado, lo que me está llevando también al amor de una mujer casi prohibida donde menos esperé hallarla, una historia al margen, diría. Pero, comenzaré por el principio, para que se me entienda mejor. Me metí con un grupo de escritores jóvenes que se reúne sábado de por medio en la biblioteca 9 de Julio, a comentar textos de autores no muy conocidos: se leen párrafos de su obra, se estudian posibles influencias, se indaga sobre la biografía y, en general, se habla de literatura, pero en serio, algo infrecuente en esta ciudad. La verdad es que a veces creo que soy sapo de otro pozo en ese lugar, sobre todo cuando veo gente tan inteligente haciendo preguntas que no se me ocurrirían ni en tres vidas o hablando de la vida de autores que nunca voy a leer, más que nada porque ya no tengo paciencia para ponerme a leer libros nuevos, de autores jóvenes, ya sean prometedores o se hayan convertido en éxitos editoriales o comerciales. Declaro que las siestas de los sábados las duermo enteras, pero no me pareció muy pesado sacrificar uno de dos con tal de estar con gente, mirar chicas lindas aunque quizás estudiosas e inteligentes y -sobre todo- averiguar quiénes son, qué hacen y cómo escriben los autores cuyos libros hoy están rodando en las librerías locales, aunque ya no vaya a leerlos, como dije. Me mueve la curiosidad, más que nada. Recuerdo que cuando vi la invitación en intenet, pensé “quiénes serán estos, a quién le ganaron, cómo jugarán”. Debo decirlo, al principio, cuando me enteré de qué se trataba, me tentó la idea de hablar sobre algún autor clásico y poner los puntos sobre las íes sobre -digamos- José Hernández, Leopoldo Lugones o -aunque más no fuera- nuestro vate local, Dalmiro Coronel. Pero como la mayoría de las ponencias eran sobre autores más o menos desconocidos por el gran público, me abstuve de preparar un tema y pedir turno para hablar. Como nunca, me dispuse a oir lo que otros tenían para decir de gente que es muy probable que no lea jamás.

Al tiempito de comenzadas las reuniones, recordé aquella casualidad -un hecho fortuito, dirían los abogados- que llevó a que hace varios años me topase con Adalberto Rojas en el Barquito bar, uno de los lugares más emblemáticos y de los menos tenidos en cuenta que van quedando en el centro de Santiago. Se trataba de esos tipos que pasan desapercibidos en cualquier sitio en que haya mucha gente. Una de las tantas mañanas que fui a tomar un café por ahí, lo hallé en sentado a la mesa con uno de mis parientes Aragón, que al ratito se tuvo que ir a hacer unas diligencias, y me dejó de florero con el amigo. Al principio tímidamente y después de una forma más animada, nos pusimos a conversar de lo que forzosamente se habla en esas ocasiones, el tiempo, “qué calorcito que hace, ¿no?, en cualquier momento van a explotar los termómetros”, las mujeres que se comienzan a poner lindas para la primavera y la mala atención de las confiterías de Santiago, especialmente el Barquito, con el mozo Montero a la cabeza, a la que uno va de puro masoquista nomás, según calculamos en esa ocasión.

Cuando le pregunté a qué se dedicaba, me dijo que en su tiempo había sabido ser inspector de rentas de la municipalidad (sección fiscalización externa, aclaró con un dejo de vocabulario burocrático) pero que se había jubilado. Cuando me contó que también escribía, pensé
-¡Sonamos!, ¡otro!
Y también
-Ojalá que no sea poeta. Pero si es, Diosito querido, te pido que no me de nada para que le publique o le lea.
Habrá visto mi cara o algo, la cuestión es que no me ofreció nada. Laburo en una revista de cultura y educación y ya estoy medio acostumbrado a que me peguen ese tipo de mangazos.

Mi madre hablaba a veces de los amigotes de mi padre. Era esa gente que él conocía y ella no. Tipos que se acercan en la calle, que los hallas con cierta frecuencia para cultivar el arte, ya casi pasado de moda, de la conversación sin nada que decir, de la discusión política sin nada que ganar y de la entrevista sin nada para preguntar. Hay una tropa de gente de la que uno se olvida el nombre y las señas particulares apenas abandona la charla, de la que no se sabe en qué barrio vive, o, peor, queda mal preguntarlo, se ignora si estará casada o será soltera o viuda o qué, si tendrá algún estudio universitario o si solamente llegó al tercer grado reforzado de antes, si es de Santiago, La Banda o Loreto. Al principio, durante algún tiempo, Adalberto entró justo en esa categoría, si me hubieran preguntado qué era para mí, habría dicho que amigote nomás, pero con el tiempo y varios cafés compartidos nos fuimos convirtiendo en amigos. A Adalberto también le gustaban las morochas y un par de veces salimos a los boliches con unas amigas guerrilleras que sabía tener él, como hubiera dicho mi abuela, eran chicas muy demostrativas.
Una noche le dije:
-Si te haces de Boca, te convierto en mi hermano.
Adalberto era de River, pero en amistades así, qué interesa.

Alguna vez lo fui a ver a la casa a devolverle un libro y me presentó a la señora y a una hija muy linda, estudiante del profesorado de educación física, que vivía con ellos.
-Es Clarita, la segunda de las mujeres- me la presentó la orgullosa madre. Ella obviamente ni me registró, porque ninguna chica de bien mira dos veces a esos amigos del padre, veteranos, feos y acabados por la vida. Era una casa típica de clase media de Santiago, modular con copas, perro negro, incierta cruza de cooker inglés con Volkswagen Gacel, soga de colgar la ropa trasponiendo el patio y biblioteca en un pasillo. Nada del otro mundo. Otra ocasión vino Adalberto con la señora a casa a cenar, era el cumpleaños de mi mujer, cayó con un tinto de regalo. Las patronas se hicieron amigas y se hablaban por teléfono por lo menos una vez a la semana para chusmear cosas de mujeres, me imagino. Con decir que casi pasamos juntos un Año Nuevo, pero al final nosotros fuimos al campo, a la casa de mis suegros y no se dio.

Y después, de un día para otro, Adalberto se murió. Parece que le agarró un cáncer, no sé qué, lo internaron en el sanatorio Norte, donde lo fui a visitar un par de veces y a las dos semanas, chau, chau, adiós, ya estaba de pensionista definitivo en el Parque de la Paz. Lamenté su pérdida, sobre todo porque se terminaba un amigo cabal, de esos que te regala el pavimento sólo una vez en la vida. Además, con su porte de hombre serio era la coartada perfecta para citarse con chicas sin que la patrona sospechara que en realidad habíamos salido con alguna de esas amigas salvajes que conseguía el hombre. No era lo mismo salir de noche diciendo que me iba con los changos, que anunciar:

-Mi vida, salgo esta noche, vamos a la parrillada con Adalberto.
-Ustedes dos, quieren arreglar el mundo hablando mal de los políticos- rezongaba mi mujer.
Y se quedaba tranquila.

Un tiempo después de su fallecimiento, la viuda me habló por teléfono para avisarme que estaba arreglando la casa y quería entregarme algo. Cuando llegué, salía una gente de la parroquia que había ido a retirar la ropa del finado. A mí me tocaron dos cajas llenas de papeles. ¡Uf!, eran sus escritos. Tentado estuve de leerlos esa misma tarde, pero después lo pensé mejor, los dejé arrumbados en un rincón del galponcito del fondo y me olvidé. Nunca en estos años intenté sacar ni una hoja. Tuve miedo de criticar, después de muerto, al amigo, de cambiar la buena opinión que siempre había tenido de él. Confieso que los austeros poetas y, sobre todo, las graves y arduas poetisas de Santiago, me dan pavura, alguna vez he descubierto que, involuntariamente, me cruzo de vereda cuando veo venir alguno. La memoria de Adalberto no merecía que yo descubriese un mal escritor. Preferí seguir recordando al amigo como un conversador chispeante y con mucha gracia, con quien tantas veces coincidimos admirando las curvas, contracurvas y banquinas de las hermosas morenas que suelen pasar por la vereda del Barquito.

Pero, como digo, me topé con ese grupo literario y durante un tiempo me anduve estrujando la cabeza pensando de qué escritor iba a hablar si ya no compro libros, porque ahora en mis ratos libres lo veo a Marcelo Tinelli en la tele, juego al solitario en la computadora, me siento en la tapia cortita que tenemos en la vereda, a observar a las vecinas.

En eso andaba cuando me dije, si no tengo un escritor para hablar, con un poco de imaginación me invento uno. Y concebí un autor desconocido para presentar al grupo: Ibrahim al Manssur, literato palestino, nacido en 1949, conocido solamente en ciertos círculos árabes de Europa por sus bellos y desgarradores poemas, que han superado el conflicto con sus vecinos, los israelíes, para internarse en el alma de un pueblo sensitivo, complejo y atormentado, según diría a los contertulios. Concebí un pasado para Manssur, de joven, combatiente en las brigadas mártires de al-Aqsa y luego en su madurez, emigrado a Francia, donde vive dando clases sobre civilización árabe, en la Universidad de El Havre (este era un dato a confirmar, ¿hay universidad en El Havre?, no sé pero juzgué que sería una exageración ubicarlo en la Sorbona, me pareció mucho). En la hipotética charla que daría de la biblioteca 9 de Julio, contaría que Manssur había escrito sus versos en árabe, de ahí habían pasado al francés en breves folletitos tipo trípticos o plaquetas, como sabían hacer antes en Santiago los escritores que no tenían guita para editarse un libro. Relataría que no había sido traducido al castellano en forma oficial, sino por una prima mía, que vive en el Canadá francés, a quien –dicho sea de paso- atribuiría el hecho de conocer a este autor. Expondría que sus versos tenían un fondo de cocción en el Corán, como casi toda la producción árabe del pasado y del presente, sobre todo en tiempos tan calientes en Oriente Medio, sus estrofas se internaban en los laberintos del alma humana, tratando de desentrañar lo más profundo de sentimientos eternos y globales, como el amor, la culpa y la generosidad. Pero justo aquí llegaba la dificultad: el calificado auditorio de la 9 de Julio me iba a descubrir pues debía engañarlo leyéndole algunos poemas bien escritos, que dijeran algo sustantivo o verboso, algo superior, digamos. Y nunca he sido poeta, siempre he creído que la poesía es un arte para el que no me da la cabeza ni el corazón. Ni la sensibilidad, si vamos a decirlo todo. Me pasé varios días escribiendo la biografía de Manssur, y hasta me entrené frente a un espejo, haciendo las caras que pondría mientras iba contando su vida. Abandoné la idea, a la hora de leer sus versos no iba a faltar que el que dijera:

-¿Uhá? ¿Eso es lo que escribe ese Manssur?
Y la estantería se me vendría al suelo.

Entonces se me prendió la lamparita. Una tarde, fui al galponcito, abrí las cajas con los escritos del amigo para revisarlos, “quién te dice que aquí no halles algo bueno, Juancito”, me dije. Y me enfrasqué durante un mes en los escritos de Adalberto Rojas. No era lo que temía: se reveló ante mis ojos una media docena de manuscritos de libros de cuentos magníficos, llenos de vida, diálogos chispeantes, situaciones enredadas que se desanudan con maestría literaria y pluma muy suelta. Había dos novelas “La Fiera” y “El Jefe de las siete y media”, una sobre el amor de una mujer atormentada por un hombre invisible que se va revelando al correr de las páginas como una voz de la conciencia y la otra, “El Jefe”, de neto corte policial, con un asesinato en el primer capítulo y varios misterios por resolver antes de llegar al descubrimiento del asesino, que no es quien el lector está convencido que es. También leí sus ensayos sobre la vida cotidiana de los santiagueños, entre ellos magníficas pinceladas sobre la costumbre de la siesta, la pallana, los versos para cantar la flor en el truco y el inolvidable Dionisio, un personaje de la década del 60 y principios de la del 70. Además hallé poesías, las temidas y gambeteadas poesías. Confieso que quedé deslumbrado. Cuando los leí, por momentos me creí ante Juan Gelman, pero también les encontré algo de la poética del santiagueño Juan Leguizamón, con leves toques de humor cáustico y seca ironía, en un estilo santiagueño y a la vez universal, que lo vuelve inconfundible. En suma un escritor desconocido pero a la vez cercano, vibrante, magnífico.

Es muy posible que me convierta en su editor post-mortem, junto a su viuda a quien descubrí en este último tiempo, como una lectora apasionada y voraz. En este momento andamos viendo con ella, cómo hacemos para publicar la obra del finado, a quién le pedimos unos pesos para dar a luz los que seguramente han de ser rotundos éxitos editoriales. El primer paso será anotarme para dar una charla en el grupo literario, a ver si uno de estos sábados hablo de la obra de Adalberto Rojas, como una manera de ir haciéndole propaganda. Si convenzo a la viuda, capaz que la llevo también para que hable de la vida y obra de su marido, su infancia y las influencias literarias que recibió en tenidas poéticas y, por qué no decirlo, etílicas, con Alfonso Nassif, Peteco Carabajal, Carlos Zurita, Chingolo Suárez, Felipe Rojas, Johnny Barrionuevo y tantos otros amigos de la noche y la bohemia. Esto me lo contó ella después de muerto el finado, porque con él nunca hablamos de literatura, libros, autores, influencias literarias, esas cosas.

Como la clave de las influencias literarias de Adalberto obviamente estuvo en su biblioteca, el otro día fui a su casa para investigar qué leía, quienes fueron sus maestros estilísticos, en qué fuentes abrevó sus lecturas. No estaba la señora, me atendió la hija que, luego de hacerme pasar, me dejó sólo en la biblioteca. Entre otros, el hombre tenía las Vidas paralelas de Plutarco, la obra completa de Jorge Borges, la enciclopedia Quillet, clásicos políticos argentinos del 60, como José María Rosa, Jauretche, Scalabrini, un Martín Fierro de esos medio lujosos con ilustraciones de gauchos, además estaban la Historia de Roma de Mommsen, un infaltable Quijote, dos o tres tomos de las Tradiciones Peruanas de Palma, libros de mitología antigua, de autores santiagueños, las obras completas de Poe, traducidas por Cortázar, uno o dos números de la revista “Quipu de cultura”, que editaba el amigo Julio Carreras, es decir, nada especial, nada como para decir, “¡oh!, miren las cosas que leía este hombre”. Mientras revisaba los libros y tomaba notas, me iba haciendo una idea de la tesis que desarrollaría ante el auditorio de la 9 de Julio: que alguien que había leído lo mismo que leyó la mayoría de los santiagueños de su generación, también podía convertirse en un muy buen escritor, añadiría que no es necesaria una gran preparación para redactar una obra que puede ser, como la de Adalberto, de lo mejor de Santiago de los últimos 50 años; en definitiva, que el genio no reside en la complejidad de lo que se ha leído sino en su aprovechamiento. Ya sé que es una noción medio simple, pero a esta altura de la charla ya tendría deslumbrados a todos con el descubrimiento de un escritor genial del que la mayoría de los santiagueños no sabe absolutamente nada y que probablemente vivió a la vuelta de la casa de alguno, fue amigo del padre de otro, conocido de un pariente o algo, porque en esta ciudad, digan lo que digan y a pesar de que muchos sostengan que ya estamos en el siglo XXI, nos conocemos todos.

Antes de marcharme de la casa, Clarita, la hija, me invitó un café y conversamos un rato largo, primero hablamos del padre, luego me contó que le faltaba una materia para recibirse de profesora de gimnasia, de ahí pasamos al último novio que había tenido hacía un tiempo largo ya; el muchacho la había dejado para casarse con otra. Como al pasar le avisé que desde hace un tiempo no tengo nada con mi mujer porque la relación se enfrió del todo, confieso que esto es una técnica que siempre me ha surtido efecto con las chicas. Es que la hija de Adalberto no es solamente una chica interesante, culta, preparada, sino también una morocha infernal.

Ya hemos salido dos veces con la chica, pero esta historia no viene al caso, se me hace.