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lunes, 28 de marzo de 2011

Fundamental Barquito


En el Barquito la conversación es sobre asuntos de la vida, como las minitas divinas que pasan por la vereda. Para Carlos, a esta edad, uno no les aguanta ni un puto round. Mirá esa potranca, dice señalando una pendeja de unos 17, 18 años, ¿qué le podemos hacer?, pregunta. Y se contesta, nada, ponerla en la catrera y mirarla hasta que se canse el iris, ¿qué más le vamos a hacer?
No, dice Miguel. Yo, ¿sabes qué?, la llevo al telo y en dos horas la hago gozar como una perra. Esa ha cogido con el noviecito nomás, de parada y contra un eucalipto, a lo sumo en el auto del papá del chango. En un turno, le hago ver las estrellas a la guacha. .
Como a los tres días viene Carlos con la respuesta. A esa pendeja, en dos horas de telo la haces ver las estrellas, sí, pero, ¿y si te pide más?. Miguel se molesta pero igual pregunta, ¿qué más? Que después de las dos horas de telo te diga -ponele- papito, nos quedemos dándole matraca hasta el lunes, y que recién sea viernes. Ah, no, recula Miguel, que se conforme con dos polacos bien hechos, dositos y listo. Sí, y con pastillita de Ayudín, señala Carlos. Todo con Ayudín, por supuesto, se conforma Miguel.
De eso se trata la conversación casi todos los días en el Barquito. Cuestiones fundamentales de la vida.

Juan Manuel Aragón

lunes, 24 de enero de 2011

Relato Policial



Hubo un crimen, claro, bah en realidad hubo varios crímenes a lo largo de su carrera, de la carrera del tipo que hace de investigador y que en realidad no lo es porque no le da el anco. El tipo este se hace cana porque le encantaba las películas yanquis donde el policía es lindo y se coge todas las minas que puede y desprecia algunas porque interfieren con su labor en beneficio de la comunidad. El tipo, nuestro policía, se hace cana. Le gusta la institución y piensa en que es bueno pertenecer a este lugar que corrige la sociedad combatiendo el mal.

En los primeros tiempos de su carrera no hubo ningún crimen como en las películas, pero no ganó la desazón. Había muchos papeles para sellar y formularios que llenar, él lo hacía con odio pero cumpliendo al pie de la letra. Pensaba que de alguna manera era Clark Kent y que lo mejor aún no había llegado.
Tuvo su show en un baile donde peleó con varios borrachos quilomberos, fue fácil darles una buena cagada; pero el no participó, esa vez, de la fiesta que se hicieron sus compañeros de la seccional con los que arriaron ese día. Por suerte después lo trasladaron…
Cuando comenzó a comer los asados que preparaban en la seccional, donde había un asador que desataba la envidia de las otras seccionales, no pensó que por ese lado le iba entrar la institución policial que él pensaba cambiar. Engordó irremediablemente. Comenzó a participar de las fiestitas que se hacían los muchachos con los detenidos que llegaban. Aprendió a golpear sin remordimientos a tipos vencidos y meados de miedo. Aluna vez tuvo una causa, pero el juez se la limpió y quedó tan bueno como cuando entró.
El hecho es que una vez hubo un tiroteo y mataron un cana, y en medio del bardo él pensó que había llegado la hora para lucirse, y en realidad ya le había pasado. Corrió detrás de uno de los maleantes, todo se iba armando como en las películas que él devoraba por las noches. Pero allí los yutas son lindos y delgados, fibrosos porque no se piantan tantos chorizos en la seccional, bah en realidad nunca comen porque toda la hora están detrás de los malos. La cuestión es que corrió como pudo unas cuadras pero tuvo que pararse porque le quemaba el pecho. El otro tipo, el malhechor, se paró como a una cuadra de distancia, se cagó de risa y se fue a la mierda. Ahí fue cuando sintió que algo le apretaba en el pecho. Era una presión que lo hacía tambalear. Cayó al piso como un saco y pasó al otro mundo, no pregunten a cuál, supongo que al de los policías.
Sí, claro, más vale que lo enterraron con honores pero el no se enteró.

De Abel Miranda

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ermindo - Néstor Mendoza

En el monte solo. El monte y los ruidos. El monte por 43 años. La soledad pega y pega de manera fea. Los que quedan son chicos, o muy viejos. Las chicas se han ido a la ciudad a limpiar el culo de los niños de las maestras o comerciantes. Pero Ermindo se ha quedado a cuidar el campito que le dejó su tata: Las cabras, y unas cuantas vacas. Caballos hay pero está mejor la Kawa para hacer como que se va de tanta desolación.
Y cuando llega alguien de afuera no para de hablar. La soledad pega y pega mal. Cualquiera que llega es atendido como corresponde a un buen paisano. Primero los mates y después, si hay tiempo, un chanchito. El tema es que si la visita es mujer las cosas se ponen un poco más interesante. 43 años y ni una china para meterla atrás en la moto. O que le cebe mates. Todos saben del drama de Ermindo. Y lo cargan. Los otros días llegó una de la ciudad por el tema de los desalojos, porque ahora anda con ese problema, que no es tanto como el otro. Porque apenas baja de la camioneta los ojos se le transforman y el desalojo pasa a un cuarto plano. Ermindo revolotea a la chica, la busca, se le acerca. Pero es muy torpe. La falta de costumbre…
De todas maneras le cuentan a la señorita que ha venido de Santiago. El y los vecinos andan con ese problema de que han venido los gringos, y cerraron con alambres. Y adentro han quedado cabezas de ganado y cabritos. Los gringos vienen con papeles y andan armados. Le cuentan esto a la chica que es linda. Y Ermindo anda como nublado. Los otros dicen que él fue a hacer la denuncia. Pero con tan mala suerte que en vez de un policía hombre le tocó una mujer y ahí se le ha enredado el discurso y dijo lo que no tenía que decir. Pero después se arreglaron las cosas. Y dicen que el otro problema es el agua. Todos sufren la sed. Pero Ermindo más que ninguno. Los gringos son jodidos. Y encima Ermindo no sabe leer ni escribir. La mira a la señorita que sí sabe; y se maldice por dentro: Va a ser difícil, más bien imposible. La tarde se va a dormir en el monte. Llega la oscuridad. Los vecinos se van del rancho y la camioneta también. Ermindo se queda solo. Pensativo prende un cigarro y se dice que no le importa tanto el campito, que dejaría todo eso con tal que una china se quede ahí, para cebarle unos mates y apagarle esa sed larga de 43 años.

martes, 23 de noviembre de 2010

Ejemplo del perro xenófobo - Abel Miranda

Érase un perro instruido en las mejores escuelas perrunas, de raza probada y aprobada con certificado genético que daba fe de la misma. Sólo se apareaba con perras de raza y de familias distinguidas, y tanto se había acostumbrado a este menester, que todo perro cruzado era para él algo que existía pero que invadía el paisaje.
Abriendo un día la puerta principal su amo, dejóla abierta por olvido y como nuestro perro de referencia era instruido, dispúsose a cerrarla come era debido. En eso vino a su nariz perruna un aroma cálido, que despertó una fuerza extraña en sus entrañas. Corrió hacia la calle y vio una montonera de perros que se atropellaban detrás de una perra azucarada. Peleó como pudo, pero ganó gracias a sus instrucciones y a su inmensa estructura alimentada a base de fibra sin transgénicos. Ganó, que si no aquí acaba la historia. Se unió como nunca antes, despreció en ese momento a todas las perras de razas probadas y aprobadas. Por primera vez fue heterogéneo y mixturado.
Dicen que con ella conoció la pasión extrema, el sadismo, el masoquismo, los parásitos y la sarna.
Cierra tras de ti la puerta que se te abre.

El cuento que quería ser - Abel Miranda.

Había una vez un cuento que quería ser y no podía porque su escritor se empeñaba en abandonarlo por poemas cortos y sentimentales que recitaba a las minas. El cuento que quería ser siempre quedaba esperándolo. El escritor siempre detrás de las minas. Parece que un día tuvo suerte el tipo y se ganó una linda morocha, adiestrada a base de telenovelas argentinas. Después de los versos vinieron las camas y como siempre sucede en estas historias trágicas, llegaron los hijos.
El escritor se olvidó definitivamente del cuento que quería ser (y también de sus versos) y lo ganó el laburo brutal. El cuento que quería ser quedó junto a un montón de papeles amontonados en una caja. Parece que un día la morocha, que antes era linda y que ahora había dejado de serlo, decidió vender papeles y enterar para la cuna del tercero, ahí fue a para el cuento que quería ser.
¿Cuál es la moraleja alumnos? ¡Que hay muchas maneras de vender literatura señorita! Mmm! Sí, no está mal.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Mamaní y el gringo - Juan Manuel Aragón.

A mi amigo, Raúl Lima.
-A la colimba la hice en la isla Martín García, en el 62, cuando lo tumbaron a Frondizi. Una noche me tocó hacer guardia con un coya de la puna de Atacama, de la quebrada de Humahuaca, Susques, Yavi, no me pregunten, llegabas a la loma de la mierda y todavía te quedaba un buen trecho para su casa. ¿Cómo era que se llamaba?, ¡Mamaní!, ¡eso!, ¡Mamaní se llamaba ese coya y la puta que lo reparió!
El Gordo Julián, Alvarito, Pedro Nolasco, Naringa y hasta el mozo de la confitería oyen absortos a Raúl mientras cuenta por enésima vez su historia de la colimba con el coya En cualquier momento parece que nos van a correr a la mierda del local, cansados de las risotadas y las malas palabras. Unas viejas de la mesa de al lado de la ventana piden la cuenta como para irse.
Antes nos reuníamos en los cerros, para las grandes fiestas, después bajamos muchos y ahora cada tanto nos juntamos en la casa de alguno. A la vuelta vive mi compadre Alfonso Toro, en la otra cuadra está Augusto Choquehuanca que se vino de Tumbaya el año pasado, el otro que siempre viene es Moralito y a veces lo invitamos a mi gran amigo Juan Carlos Vilca, de La Paulina. Desde que me vine de la colimba vivo aquí, en el pueblo Ledesma, ¿qué iba a hacer en los cerros? Ocasiones comemos un asado y nos quedamos conversando hasta tarde de cosas nuestras, del ingenio, del pago lejano, del Cielo maravilloso de la Puna y de la colimba, por supuesto. ¿No le dije que hice el servicio en el 62? Fue justo el año que tumbaron a un presidente, ¿vé?, ahorita no me voy a acordar qué presidente era.
-¡Frondizi!, ¡Arturo Frondizi! ¡ése, justito era!
Raúl cuenta de la noche que lo mandaron a un puesto de guardia, Punta Cañón, una pequeña lengua de tierra que entraba en el río, con una construcción justo al lado de la corriente rumorosa del agua. Con esa gracia propia de abogado que ha defendido a mil quinientos malandras para salvarlos de la cárcel, sigue narrando:
-Había luna llena y se alcanzaba a ver la isla Martín Chico, a poca distancia de la nuestra, Martín García.
Y se ríe de Mamaní. Mudo, los ojos como puñalada en tarro e inexpresivos, pómulos salientes, expresión inescrutable. Era conscripto clase 40, igual que él. Pero no hablaba nunca. Parecía mudo.
-Trepamos a la torreta, por unos escalones de hierro que tenía empotrados. Apoyé el Mauser contra la pared y tendí la manta.
-Che, coya, hacete cargo vos. Yo voy a apoliyar. Estate atento a todo y si viene el sulky con el tira de guardia, me despertás así nos mandamos a mudar.
Lógico, hacía cuatrocientos años que las cosas funcionaban así, ¿iban a pretender que yo vigilara y el indio durmiera? ¡Vamos, che! Ni loco.
El Gordo Julián ya se agarra la panza de la risa, Alvarito es una fiesta, Pedro tiene cara de juguetería, Naringa ya está a las carcajadas, el mozo ni atiende a las viejas que lo llaman porque quieren pagar la cuenta y mandarse a mudar. Alfredito, el dueño de la confitería está sentado en la orilla de la rueda, oyendo -otra vez- las maravillosas anécdotas de Raúl.
Augusto Choquehuanca vive en la calle 25 de Mayo, frente al Club Atlético Ledesma, casi siempre nos reunimos ahí. Hacemos una vaquita, compramos carne y vino tinto en Libertador. A veces les cuento la historia de la colimba, la única vez que estuve en Buenos Aires, una época hermosa.
-Cansado por la caminata y por un partido de fútbol que había jugado a la tarde, el gringo se durmió enseguida. Cuando se vino la crecida, me mandé a mudar, no me iba a quedar en medio del agua. Sol alto se despertó el blanco, antes de las ocho la mañana. Se venía el cambio de guardia. Miré hacia la construcción, por una ventanita observé que se desperezaba satisfecho.
El silencio se tensa en la confitería, solamente se oye la respiración del aire acondicionado y el relato de Raúl.
-De repente me di con que entre el coya y yo, el río de la Plata había crecido hasta la mierda, dejando a la torreta en que había dormido, cual si fuera una minúscula isla de juguete.
Las risotadas hieren la noche en la casa de Choqueuanca.
-El gringo cruzó ese pedazo de río puteando a más no poder, fusil en alto, apenas haciendo pie, con el agua al pecho. Me hice el tonto mientras observaba cómo le chorreaba el agua y me insultaba a más no poder. Yo pensaba en los cerros, en mis hermanos cuidando las cabras, en la quena que tocaba mi padre, en todo lo que extrañaba el pago, para no reírme de ese blanquito que me hizo quedar toda esa noche helada haciendo guardia mientras la sudestada me helaba el lomo.
La confitería es un solo bochinche, se recagan de risa el Gordo Julián, Alvarito, Pedro, Naringa, el mozo, Alfredito y dos o tres más que a esa altura del cuento ya están atentos a lo que pase en nuestra mesa.
Ya estamos chumaditos cuando nos imaginamos al gringo, allá lejos, contando su historia. ¿Qué les dirá a los amigos? Esas noches de asado me olvido de mis comienzos en el ingenio, de los inviernos pelando caña, de los capataces malditos, de lo que me costó terminar la secundaria para que me pasen a la fábrica de papel y del día que volví a Tumbaya a decirle al viejo que ya era encargado de sección. Cada vez que evoco la cara del blanco, me viene como una sonrisa a todo el cuerpo.
Raúl se acuerda del coya:
-Hijo de puta, ahora debe estar regodeándose en la loma de la mierda, contándole la historia a los amigos. ¿Qué les dirá ese coya de mierda?, ¿que una noche lo hizo tomar de su propia medicina a un gringo que se tiraba de piola?- pregunta Raúl.
Y el Naringa responde:
-Capaz, che.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Fragmentos I - Abel Miranda

Contá putito, qué haz hecho. No me pegue más (yuta hijo de puta, siento como frío entre los dientes y me va subiendo hasta los cesos, tengo sueño, quiora me irán a descolgar estos hijos de puta). Le juro que yo no andaba. Es Luís y usted nos confunde. Él le sacó el estereo al comisario. No me pegue (hijo de puta, ojalá que no lo hayan atrapado al zurdo. Que rápido corre el zurdo, nunca lo podían alcanzar al puto cuando se alzaba con las mandarinas. Qué ricas que son las mandarinas, ese sabor dulce. Ahora no podría comer ninguna). No me pegue, (la escarcha que se hacía en el charco del Beto) le juro que yo no fui, descuelguenmé, me duelen los hombros. ¡Ay! no, no. Bueno, bueno le voy a decir pero no me pegue (hijo de puta ojala que unos perros destrocen a tu madre). Descuelguenmé y le digo dónde está (yo la rompía con la mano y me hacía frío, pero me gustaba. Qué frío, qué frío, una víbora de hielo se movía perezosa por mi cuerpo, una víbora de hierro se desangra en mi cuerpo). Ya le dije que es Luís. (El frío me congela ¡Que dolor en los dientes! Sobre el agua caigo y me hundo y ahí está el frío, nado, nado y no puedo; suben las burbujas. Cuando niño el zurdo traía detergente y hacíamos burbujas y las perseguíamos hasta romperlas). No me pegue, me hace mucho frío ( si éste me deja medio muerto qué va a ser de la Maria, solita con la abuela, ojalá que hoy vaya la Bety, las tetas de la Bety son blancas como sus dientes, a ella le gusta cuando la toco, tan buena la Bety) No, no ( y me hundo y se congela. Desnudo, abrazándome de frío salgo. Me paro sobre el hielo y veo muchas cabezas, muchas, de policías. Congeladas y me hablan. Cana puto le digo. Y estoy temblando de frío. Cana puto y le doy una patada y le salta un pedazo. Y allá hay otro y lo patio. Me duelen mucho los pies de tanto patiarlos. Me río, me duelen los dientes. Me les cago de risa. ¿Quién los puso ahí, quién? ¿Te acordás cómo me pegabas? ¿Te acordás cuando me ponías la bolsa? El hielo, todo es hielo ¿Por dónde salgo? ¿Por dónde salgo? Siento un encierro. El zurdo corría y en el invierno robábamos mandarinas. Y cuando corría soltaba un humo blanco, blanco. Nunca lo alcanzaba. ¡Corré zurdo, corré! Corré zurdo que te agarra la cana. Más allá lo encontré, andaba bien abrigado y los patiaba y los patiaba. ¡Zurdo! le dije y me escuchó. Qué hacés aquí loco. Aquí están todos. Vos los rompés hoy y mañana están hechos de nuevo. Y me tiró un abrigo. Tomá loco, tomá. Corré zurdo, corré, le gritaba. Era una luz. Fue como un rayo, un trueno primero y cayó el zurdo. Yo le gritaba corré zurdo, corré. Ellos lo patiaban y lo patiaban. Hace frío zurdo, mucho frío. Yo le gritaba corré zurdo, corré y vos corriste hasta caer. Como te extraño desde entonces hijo de puta. Y qué hacés aquí en este frío?

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Alberto, de Flores - Juan Manuel Aragón

Como para impresionar al porteño, alguien empieza a contar de la vez que Pica Cáceres se fue a Nueva York y que allá le avisaron que se le había muerto la madre. Como no había tiempo para venir en avión, decide volver a nado. Y que después de una hora de bracear pedía
-¡Changos!, ¡changos!, avisemén cuando llegue a la Alsina.
Claro, primero hubo que explicarle al porteño de esos nacidos y criados a tres cuadras del puerto, que antes había algunos que se tiraban al río en el puente Negro y que nadaban hasta la bajada de la Alsina. Parece que le gustó el cuento y dijo que nos iba a contar uno que demostraba cómo eran de exitistas los porteños y los argentinos, que un día creemos que alguien es Dios y al siguiente lo tenemos como el peor de los demonios.
El porteño comenzó a contar de un tipo que se conecta con Gerardo Sofovich por medio de un amigo que tenía un conocido que laburaba en la tele. La cuestión es que al ruso le interesa la propuesta, habla con amigos que tenía en el estadio de River y lo alquilan un día martes, que no pasaba nada en el club. El tipo, “pongamos que se llamaba Alberto”, dice el porteño, era uno que se cogía cien minas en un solo día, se las recontra mil garchaba a todas y para demostrarlo les acababa en la cara una por una. La cuestión era romperles el orto a los brasileños, que tenían el récord mundial: un negro con una pija descomunal que se había recontra mil fifado a veintiséis garotas en un solo día. Bueno, este tipo terminaba con cien minas –“escuchame bien”, contaba el porteño con esa tonada que tan bien conocemos “cien minas en menos de 24 horas, escuchame”-, una barbaridad. Todavía daba changüín, porque comenzaba a las 8 de la mañana y terminaba a la medianoche. Ya había hecho la prueba varias veces, pero ahora quería que se lo certifiquen para el libro de los récords Guinness, qué tanto. Alberto acordó recibir un quince por ciento de la recaudación, el resto iba una parte para pagar el alquiler, los impuestos municipales, la luz y un treinta por ciento para Sofovich.
El porteño lo contaba con esa gracia que tienen ellos para pronunciar bien parejitas las palabras. Para peor este creo que era locutor o algo así, un tipo de la noche que se las sabía todas, así que era una delicia oírlo contar el cuento.
A las ocho y cuarto de la mañana el ruso Sofovich estaba que ardía, el tipo llevaba culiando una sola mina, eso que le habían llevado verdaderas conejitas, mujeres infernales, divinas, un camión. El ruso se había armado un cásting de la mierda para ponerle en la catrera las mejores mujeres de Buenos Aires, casi todas gatos, obvio, pero quién se iba a fijar en esas macanas. A esa hora de la mañana el corresponsal de Play Boy, escribió “Un fiasco”, el de Penthouse bostezaba, y había quince o veinte curiosos, la mayoría de clubes swinger de intercambio de parejas, que discutían sobre las mejores poses para hacer que goce una mina con un dogo argentino o con un pitt bull bien dotado, la cosa es que hablaban de cuaquier cosa, menos del flaco que estaba meta culiar ahí, a cuarenta metros de ellos.
A Alberto le habían ubicado una cama matrimonial en el centro de la cancha. Las chicas iban pasando de una en fondo, todas distintas. A Sofovich le cambió el humor al ver que entre la primera minita y la quinta había pasado solamente una hora. El tipo aceleraba, cada vez bombeba más rápido. Era como una locomotora, que al principio va despacio y cualquiera la alcanza, pero cada vez agarraba más velocidad. Hasta el mediodía el escribano llevaba anotadas 35 minas que se había garchado Alberto. El Ruso se frotaba las manos, estaba haciendo un negocio redondo.
No era pintudo el flaco, que se presentó como “Alberto, de Flores” y que no quiso dar su apellido. De lejos se podía ver que ni siquiera estaba bien armado, no tenía una pija de medio metro de largo o más, como el brasileño que tenía el récord, sino una más bien estándar, los periodistas le calculaban entre 18 y 20 centímetros. Eso sí, era un fierro candente y bien duro, durísimo, un acero de Toledo, hija de puta, no se le ablandaba ni por puta, era una madera. Terminaba con una mina, se lavaba así nomás en una palangana que le habían puesto, llamaba a la siguiente y la chota seguía erguida y como pidiendo más. A todas se las morfaba en la misma pose: él arriba y ellas abajo. Cuando estaban por terminar, unos segundos antes, él le avisaba, ella se incorporaba en la cama, él se le arrodillaba adelante y le tiraba toda la leche en la cara. De tanto en tanto pedía que le alcancen un vaso de agua, un café, un sánguche de miga, algo para picar, lo comía a las apuradas y a seguir dándole al asunto. Cada hora subía un cardiólogo a controlarlo al flaco. El tordo le medía el pulso, le tomaba la presión y volvía caminando despacio a la orilla de la cancha mientras juntaba el índice con el pulgar, haciendo señas de que estaba todo perfecto. Sofovich había puesto como condición para el show que se hiciera un chequeo general antes de la prueba y Alberto había accedido. Los análisis, el electro, las radiografías y hasta una tomografía computada le hicieron, todo le dio bien, ni una gota de colesterol tenía, una pinturita el flaco
A la una de la tarde, con las tribunas hasta la mitad, cada vez que terminaba con una mina, lo aplaudían. Todo muy correcto el espectáculo, nada del otro mundo. Pero, como suele suceder en estos casos, al parecer se fue corriendo la bola, el boca a boca que le dicen y a las 4 de la tarde hubo que habilitar más boleterías para los fanáticos que se comenzaban a agolpar para entrar al estadio.
A esta altura el porteño ya acaparaba la atención de todos. Se había hecho un silencio de la mierda en el bar, las mesas vecinas estaban calladas también, los demás parroquianos también estaban atentos a la historia del amigo. Y el porteño seguía contando que al principio una sola radio transmitía lo que pasaba en los informativos usando eufemismos como “Alberto el hombre del amor”, “el argentino más aguantador”, pelotudeces por el estilo. Pero a las 4 de la tarde, con sesenta y cinco minas recontra bien recogidas, el estadio ya era un hervidero. Desde las tribunas bajaba un clamor
-¡Flacooo!, ¡flacó!, ¡flacó!
O si no:
-¡Albeeerto!, ¡Albeeerto!, ¡Albeeerto!
A las 6 de la tarde la cancha ya estaba hasta el culo de gente. Cada vez que el flaco se cogía otra más, se alzaba el grito triunfal de la patria:
-¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!
Un quilombo de la mierda. A las 8 de la noche Telefé le compró a Gerardo los derechos exclusivos de la transmisión. Los barra brava de Boca, River, Independiente, Racing se hermanaban en la tribuna, juntos, como en un partido de la Selección Nacional. Durante la tarde hubo varios pasajes en los que todos abrazados cantaron el Himno Nacional, un momento mágico, como los que ocurren pocas veces en la Argentina.
-¡Viejo, le estamos recontra rompiendo el orto a los brasileños hijos de puta!- se alegraba la mayoría.
Hubo un momento de hilaridad cuando, en un instante en que se hizo un inexplicable silencio y Alberto terminaba de culiarse a una morocha hermosísima, que alguien gritó:
-Pelé, la tenés bien adentro.
Se agitaban banderas argentinas. Una jornada de fiesta. A las 10 de la noche Alberto se estancó un poco. Le habían llevado una morocha muy, pero muy fuerte, una mina que rompía las baldosas, un culo tremendo, unas tetas como para ganar el campeonato mundial de las tetonas, fuertísima la morocha, unas piernas larguísimas tenía, algunos recordaban haberla visto en un desfile de Giordano, con eso te digo todo. Y el tipo estaba ahí, meta darle desde hacía 20 minutos bombeando, no terminaba nunca, demoraba en acabar. Desde las tribunas bajaron algunos tímidos chiflidos que fueron acallados por la mayoría. De repente Alberto hizo la seña, la minita se arrodilló en la cama y él volvió a eyacular, con el primer chisguete le dio en el ojo y la gente se comenzó a reír.
A las once de la noche, con 93 minas bien culiadas, las tribunas eran una fiesta. La gente se abrazaba, todos gritaban, se agitaban banderas argentinas, renacía el espíritu patrio cada vez que el Flaco Alberto se tumbaba otra minita. Si conseguía la hazaña el presidente prometió que lo recibiría al otro día en la Casa Rosada con todos los ministros, algunos diputados preparaban homenajes, sexólogos freudianos y lacanianos se unían para estudiar el fenómeno y prometían citarse los unos a los otros en las próximas ponencias que presentaran en sus congresos. Se vivía un clima de unión fantástico, como cuando ganamos el Mundial 78 o el del 86 en Méjico.
Mientras, la tribuna era una fiesta, arreciaban los cánticos contra los brasileños:
-El que no salta es un brasuca.
O una canción con una música muy pegadiza que comenzaba diciendo:
-Peléee la tenés bien puesta en el recontra ortoooo// sacátela si podés, negro de mierda. Ahora cada vez que el flaco terminaba de coger una mina, espontáneamente brotaba el
-¡Ar-gen-tina!, ¡Ar-gen-tina!- de todos los pechos, en un grito unánime, orgulloso, plenamente nacionalista y fervoroso.
A las 11 y media de la noche, con la mina 96 recontra mil garchada, hubo una suelta de globos, la gente encendía bengalas de colores, el acontecimiento se transmitía en vivo y en directo a todo el país. Además había corresponsales de la BBC de Londres, El País y El Mundo de Madrid, el New York Times y otros de todo el mundo, más todos los diarios locales y algunos de las provincias. La Argentina era una fiesta. De Tucumán llegaban noticias de manifestaciones de apoyo en la plaza Independencia mientras el gobernador mandaba un telegrama de felicitación, la avenida San Martín de Mendoza era un hervidero de gente porque la municipalidad había instalado pantallas gigantes, lo mismo pasaba en la peatonal de Córdoba, en la plaza 9 de Julio de Salta, en Neuquén, San Luis, el país entero festejaba en las calles, plazas, veredas, los balcones estaban embanderados como si fuera el 9 de julio, el 25 de mayo.
Y de repente, cuando iba por la mina 98 y los relojes marcaban 11 y 52, a ocho minutos de la hazaña, el tipo saca el choto de la concha de una rubita más hermosa que la mierda, ella quiere incorporarse, ponerse de rodillas para recibir la leche y el flaco se cae a la mierda redondo, desmayado el hijo de mil puta. Había perdido el conocimiento ahí, cuando le faltaban apenas dos minitas para terminar la hazaña de su vida.
En ese momento hubo medio minuto de estupor. Las banderas se bajaron incrédulas, los locutores se callaron, en Tartagal la gente se quedó petrificada frente al televisor, a nadie le parecía cierto lo que acaba de suceder. Una desgracia. En Trelew, una ruidosa caravana que festejaba por las calles, se paró en seco. En Clorinda la multitud no salía del estupor. En Loreto, de repente hubo un silencio espectral, como si le hubieran descubierto la mano al Diego. Imaginate que le sacaban la roja, lo echaban a la mierda después de hacer el gol con la mano a los ingleses. Bueno, algo así pasó en toda la Argentina.
Fueron los porteños que estaban en el estadio, los primeros en advertir que lo que había pasado. Y 35 segundos después de que el tipo se quedara desmayado sin llegar a las cien minas cogidas, empezaron a gritar
-¡Puto!, ¡puto!, ¡pu-to!
-¿Ven? -dijo el porteño- así somos los de Buenos Aires.
Pero uno que estaba en el bar le respondió:
-No amigo, así somos los argentinos.
Mientras, Jushi se lamentaba
-Pobre tipo, llegar a las 98 minas y no batir el récord, eso sí que es una puta yeta, ¿no?
-No –respondió otro- eso no es yeta, así somos los argentinos, siempre que estamos por llegar a último momento se nos manca el pura sangre. Hay que reconocerlo, somos todos putos, unos putazos de mierda.
Y no hubo nadie el bar que le llevara la contra.

sábado, 30 de octubre de 2010

Los mocos y las formas de extraerlos - Juan Manuel Aragón

Una breve instrucción para sacarse los mocos debiera comenzar reseñando que debe buscarse un momento de sana meditación para hacerlo, preferentemente en soledad, aunque a veces no haya más remedio que hacerlo en público, sobre todo cuando se sospecha que amenazan con asomarse por una de las fosas nasales.
Para comenzar se debe poner la mente en blanco, mirar hacia arriba y fijar la vista en algún objeto lejano, una nube pasajera, un eucalipto que sobresale de la casa del vecino, un perro que en la otra cuadra se las rebusca mordiendo un hueso viejo, cualquier cosa que aleje del mundanal ruido y ponga a quien comenzará esta ardua tarea en posesión de su yo más íntimo.
Si el moco negara -o negase- a salir, ya sea porque quedó enredado entre los pelitos de la nariz o por una natural predisposión que tienen a permanecer a la sombra, aplique el dedo índice contra las paredes, tratando de ubicarlo como dicen que hacían algunas parteras con nuestras madres cuando uno de nosotros no nos queríamos acomodar para salir: usted deberá aplastarlo aplanándolo, cosa de hacerle ver quién manda. Pero si tiene la suerte de que de una el moco se deja prender con dos dedos, aunque fuere con los últimos pedazos de las uñitas, entonces todo será pan comido, en este caso se debe tirar de él, para luego proceder a su -digamos- inhumación. De otra forma, se intentará primero con el índice y si también se niega a emerger a la superficie, se lo atacará con el meñique, último recurso antes de recurrir a arbitrios más expeditivos como sonarse la nariz.
Los mocos se clasifican en tres grandes grupos: blandos y pegajosos, son los butaqueros, duros o rebeldes y eclécticos, también llamados ni muy muy ni tan tan. El blando es más fácil de extraer, pero tiene la desventaja de que después no hay cómo tinquiarlo porque se adhiere ora a un dedo, ora a otro y por más que uno se esfuerza, no se quiere ir: es el que finalmente queda pegado debajo de la silla o la butaca y de allí su nombre. En cierto sentido el rebelde es como más amigable, una vez que se lo toma correctamente de una arista sobresaliente y se completa la operación con éxito, brinda una satisfacción más honda. El ecléctico es duro por una parte, pero gomoso por la otra y es un traidor, porque se aprovecha de la primera condición para dejarse agarrar con tranquilidad, pero luego se prende con todas sus fuerzas para no salir.
Seguramente este escrito ha de tener infinidad de críticas, pero los lectores sabrán comprender que hay poca bibliografía sobre el tema, por lo que quienes se aventuran a tratarlo debemos navegar por aguas desconocidas.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ejemplo del perro educado y de la ishpa del perro alano - Abel Miranda

No ha mucho tiempo que un perro alano había ishpado copiosamente en unos canteros de una residencia distinguida, cuando la criada, menos instruida que un perro cabe decir, se disponía a sacar al perro educado para que el muy distinguido animal hiciera a sus anchas. Habiendo salido ya el valioso mastín percibió una fragancia rústica y telúrica que atrajo su atención. Dirigiendo su instruida nariz dejo que se posara sobre el tan silvestre aroma y fue entonces cuando sintió aquella virilidad atronadora, casi como la mima sensación que un obrero ilustrado siente al leer El Capital. Unas ansias de cometer desatino se apoderaron de su cabeza perruna, tal era el efecto de esa sabia savia férrica. Así el animal de pelo brilloso, diríase cabellos más que los de la pobre criada, dispusose a realizar una proeza que tuviera que ver con su sangre pura, a toda carrera cruzó la avenida y no bien llegando a la mitad fue ahí donde quedó. Bajo las primeras ruedas, diríamos molestaba, mas luego de varias ruedas ya emparejaba (la acera). La causa fue de que un funcionario, que se disponía a llegar a su casa luego de unas sesiones con su secretaria, se acomodara para soportar el envión que producía un eterno bache que allí había, cuando para su sorpresa no hubo sobresalto; coronó el distinguido funcionario con una frase: - las obras demoran pero llegan.

sábado, 31 de julio de 2010

Límite - María Luna Luján

Con mis pulmones llenos hasta el tope, comenzamos a dialogar.
Líneas temblorosas sin sentido que no terminan jamás
Y con un juego de seducción pongo fin a tus palabras,
Pero la razón te vence,
¿o acaso vos te cansas?
Estás “harto de pelear, de dejarte llevar por cosas sin sentido”.
Asumo mi parte,
Ahora te toca la tuya
que no puedes controlar.

Sentate,
Vení,
Podemos descansar.

lunes, 19 de julio de 2010

La basura - Diana Belaústegui

Se detuvo en mitad del camino, bajó el vidrio y escupió un montón de saliva sanguinolenta que aguantó lo más que pudo.
El sabor metálico era asqueroso, le producía arcadas.
A esa hora de la noche no pasaba gente, tuvo tiempo de salir, dar unos pasos para hacer correr nuevamente la sangre por las piernas y entró.
-¡Basura!- pensó mientras escupía de nuevo -¡¡Toda la basura que estorba se tira a la mierda!!
Mirando bien a su alrededor pensó que tal vez ese podría ser el lugar preciso.
Salió de la ruta hacia el monte tupido que se alzaba a escasos metros.
Abrió la puerta trasera y sacó "su bolsa de basura".
Una bolsa negra, grande, que sólo la cubría desde la cabeza hasta poco más de los hombros.
Cuando la tuvo entre los brazos, laxa y tibia, recién pudo ver su respiración leve y dificultosa, casi inaudible, casi perdida en la sórdida bruma de la muerte.
Ese frío gélido obraría maravillas en el cuerpo desnudo, y lo colocó a unos cinco metros dentro de los matorrales, sentándose junto a ella para conmoverse con la preciosa escena de un cuerpo que deviene en simple bolsa de órganos.
Quería ser el observador privilegiado, honrado con el espectáculo sublime de la muerte sentada en el pecho trémulo de la mujer, decidida a dar el bocado final.
La agonía duró exactamente cinco minutos.
Satisfecho se levantó y regresó con la típica sensación de saciedad.
Colmado y emocionado hasta las lágrimas había olvidado el golpe en la boca y la sangre que ahora nuevamente le corría por la lengua.
Se paró asqueado y vomitó. Cuando logró reponerse intentó incorporarse pero una nueva arcada lo dejó en cuatro patas, escupiendo a boca llena, dejando hilos rojos que le cruzaban por el mentón.
¿Qué tanto daño le pudo haber hecho el puño de esa basura muerta?
Escupía y vomitaba en medio de la nada, sin fuerzas en las piernas, con los brazos temblando incapaces de sostener su propio peso. Cayó al suelo quedando con la vista al cielo.
Por el rabillo del ojo la podía ver sentada a su lado, desnuda y con la bolsa negra aun en la cabeza, esperando ansiosa la emotiva escena.
La muerte, ni señora ni señor sino andrógina, se recogió la falda pantalón para sentarse en su pecho y dar el último bocado de la noche.

lunes, 14 de junio de 2010

Mi abuela global

Tiene un novio en Alaska, guarda yenes bajo la almohada, es trilingüe, lee relatos de viaje, es fan de las fotos satelitales, la adoran sus mundiales amigas del chat. Pero no hay fuerza que la saque de su habitación y hace tres horas que me tiene sentado aquí con la tibia y fragante mamadera a un metro de mí.

de Juan Alba

20 años no es nada

Te fuiste hace veinte años con un “voy a comprar cigarrillos ya vuelvo” y ahora estás ahí afuera, parado junto a mi ventana, empapado, ensangrentado, con una bombacha de mujer como sombrero, cenizas de amor sobre las pestañas, los ojos ahumados, y el hemisferio occidental de tu cara enrojecido. ¡Si te arrancara un solo cabello te desinflarías como un globo! Golpeas el vidrio con dos dedos y me sonríes como antes. No me resisto a ese paisaje. No puedo.

de Juan Alba

Material Encontrado




Estimados:

La madrugada no es buena hora para la escritura. Al menos, no para mí. Normalmente funciona por la mañana, singular momento en que mis dos neuronas en uso pueden algo procesar. Vivo equivocado. Tengo la costumbre de elegir los lugares y momentos menos indicados: una especie de premeditada y alevosa enfermedad de ir por el sentido contrario del cartel. Pero nada de premeditación, no lo hago ex-profeso, es un mal congénito (error de la junta de espermatozoides y óvulos, los de madre y padre). Siento vergüenza de ello y hago varias horas de terapia en el mes desde hace varios años para, de una vez por todas, finiquitar este mal. Algo, si me permiten, que había sabiamente intuido, o claramente comprendido Oliverio Girondo: “Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.” Entonces sucede que el acto creativo, que encarna el artista que hay en mí, me abandona, más bien nunca llega; y no queda más remedio que acudir a una de mis pasiones ocultas. Ahí hecho mano del Voyeur que en mí pensiona. Por pudorosa convención no les diré de estas enfermizas costumbres. Más que la que ilustra este caso. Quiero declarar entonces que me agrada buscar, mientras camino; deshechos, cosas inútiles. Especialmente si de papeles con letra se trata: postales tiradas, recortes de diario, prospectos de medicamentos etc. Pero sin duda la pasión pour excellence es dar con cartas tiradas, letras en tinta borroneada por acción de poéticas, y no tanto, lluvias. Sí, profunda vergüenza siento, pero no puedo más que confesar el orígen de esta carta encontrada una de estas tardes de desazón e hinchado de tranquilizantes varios. La plaza del Maestro fue el lugar donde hallé esta que aquí les comparto. Una pieza cuyo interés literario posiblemente no cruce el umbral de lo apenas aceptable; aunque no estoy seguro. Lo más probable es que esté, como siempre, rotunda y milimétricamente equivocado. Pero como no puedo dormir por la impresión que tuve al leerla deseo compartirla (tal vez una manera de des-paranoizarme.)

Estimado, amado, odiado, y todo aquello:

Soy, sí, soy una cobra estancada en veneno; un paréntesis, un charco en untuosas noches lamiendo eso que no ha sido ni será. Una luz entrando entre mis piernas, brillantina barata en una fiesta donde todos olvidaron su disfraz. Soy esa yarará con cabeza erguida al sol, arrastrada por caminos de sal quemadora. Mi vientre rozando toda esa superficie caliente que dibuja como panes en la boca: “soy puta, muy puta”. Y no quiero decirte lo que ya sabes: no como sushi, no conozco la nieve de Dublín, y no puedo más que nadar en estas costras de mediocridad. No he sabido ser hija, ni hermana, ni vecina; apenas esta mamba negra, pronta a meter la ponzoña donde todos huyen. Mi corazón quebrado ha sido intoxicado por tu manera de macho-merca en punta. Y ya no fui la misma. Nunca lo seré.

Te digo:

Búscate una vida

Algo más estable

Que esa vaca de escritura

Con olor a dizque:

“SOY EL MEJOR”

O gano y gano

Y hago que no me importa

No lobo

No bobo

No robo

Así no es.

Soy un acento insustancial. Humo de cigarro en el estómago del trópico. Una lengua a veces muerta que pronuncia rezos, y más se alegra al lamer tus secretos de patrón congestionado de líquidos sabrosos. Soy la gran tragadora que mejora su piel, despacio en el viaje cuando empieza. Y luego en crescendo y gritando se acopla en tu cuerpo. Y soy lejana y próxima. Un argumento ordinario derrapando, rasguñando todo: espalda, hombros, boca, cabellos. Soy un adjetivo chirle. Me golpeas y gozo. Me empujas y lloro. La noche es una sábana con svásticas dibujadas en el tendal de palomas que intuyo, una avenida con luces que se apagan en el suburbio de tus pensamientos. El guiño como santo y seña. “Soy puta, muy puta”. Pero no moqueo cuando estalla tu sangre hinchándose en ese lugar que adoro y quiero. Quiero que vuelva ese día y esa noche. Jadear con ganas en ese acto insólito de dejarme penetrar. “Penétrame y la locura será un gran juego con Dios ausente”. Veo conejos, aviones monoplazas, guerras que brotan en un chasquido de dedos. Hilos de sangre en mi nariz quebrada, con estrellas de cinco puntas.

Te pido:

Vete al paredón

Donde se fusilan los miedos

Las instrucciones

Las he dejado

En la puerta de la heladera

No esperes

No llores

No grites

No muerdas

Que así no es.

Soy la hora lisérgica, un cuento mal escrito. Una anotación al margen del margen. Los ojos entornados después de la posesión. Mike Tyson mordiendo una oreja en el centro de un escenario rodeado por millones de Ojos. Y aquí, en mis venas, en mi vagina, tengo las inscripciones de esa noche: La noche. Y vuelvo a colgarme de tu cuello y ando y nado en el sudor caliente, en la adivinación de esos puertos mugrientos y encantadores que no todos saben. Y te veo avanzar, ahí vienes: caballo pampeano- impostergable, avión kamikaze rumbo a destrozar mi proa. Yo, este barco. Yo la que espera, te espero, nuevamente. Anoto en la noche cafeínizada: A) desconfía de todos los objetos con saliente. Punzan. B) La escritura es el milagro que no le es dado a los crédulos. C) Confiar en las escrituras cuyo objeto es la renuncia a todo. Y escribes en mi espalda: “Soy puta, muy puta”. Me golpeas y no me quejo. Torquemada se hace en vos una proyección desde un túnel negro, muy negro. Japoneses desesperados, películas de derrotas diarias. Soy la pálida ecuación sin nombre, sin nadie que me escriba, la tortura que no se narra, no se amarra. La violada eterna, eso soy.

Te ruego:

No olvides

Que los pájaros

También se estresan

-visiones de psicomagia-

Ya ha sido

Mañana

Y pasado

No importa

No duele

No arde

Porque así no es.

Soy, sí, una cobra estancada en veneno; un paréntesis, un charco en untuosas noches lamiendo eso que no ha sido ni será. Soy un acento insustancial. Humo de cigarro en el estómago del trópico. Una lengua a veces muerta que pronuncia rezos. Soy la hora lisérgica, un cuento mal escrito. Una anotación al margen del margen. Soy la que después de 30 años te encuentra en una esquina. Vos y tu santa mujer. Soy la que escribe una carta. Esas astillas todavía están. Luego de 30 años, de aquella noche, donde el aire era una sierra eléctrica. Y yo, niña descalza, fui en tus manos una rama de árbol, violentado, y entre lágrimas me dolía y gozaba. La máquina perfecta del tiempo compone poesía imperfecta. Ruidos. Aserrín. Canciones. Anotaciones en el baño cuando todos duermen. Soy el veneno estancado en un paréntesis, una noche con charcos insustanciales. La penetrada por tu dulce violencia. Rezo y hora sin calma. Asma en el jardín de la intranquila y sedicente. Sediciosa con sed. Horda de recuerdos cuando te veo con tu santa mujer. Pero aquí estoy, simulando una vida, entre capullos de deseo y alambres de recuerdos.

Te exijo:

Devuélveme una porción

De vida

Un pedazo de mi carne

- en el estómago del viento duermen

Cartas que no escribí-

No seas niño

No seas criminal

No claves mis dedos

No me sigas más

-En estos sueños desparejos-

Porque así no es.

De Nestor Mendoza

domingo, 21 de marzo de 2010


HAY PICANA





En la cara de la niña que está parada en la esquina. En la del tipo que la levanta en su 4x4. En el pelo sucio y atado con trapitos, muy cerca del semáforo. En la ausencia de pan en la familia del barrio. En la caída del hachero de Ahí Veremos que palma durante un partido de fútbol, mientras la palabra CHAGAS se dibuja en el cielo. En la avioneta que riega glifosato, en la topadora que arranca sueños, en la gasa que no hay en los hospitales. En el maltrato a la empleada doméstica. En el cansancio del obrero de la construcción. En el libro de poesía que el mecánico no leyó. En el grito autoritario del Patrón. En la timba del usurero. En la violación sistemática del cura OPUS. En el desprecio y la risotada que le estampan al chico gay. En la señora del campo que no sabe leer ni escribir. En la noticia distorsionada. En la mano del tipo que roba con guante blanco. En el trabajo que falta…En los alcahuetes de siempre.

Créanme, ahí, hay picana.

En este gusano negro que se retuerce en mi estómago. En la falta de planes mediatos e inmediatos. En todos los cuadros que necesitamos y no están. En todos los Walsh y Urondo. En todos los Cecilio Kamenetzky. En los niños que dicen: “cuando sea grande quiero ser policía”. En la coima nuestra de cada día. En los chicos que aspiran pegamento.

Si, ahí, justo ahí… hay picana.

Y en este dolor que no sabe de aspirinas. En la pesadilla que me despierta en la madruga implorando por un vaso de agua. En mi cara que se asusta y ve en el espejo la cara de un país perdido. Y también en las esperanzas que se hunden en las cloacas del nunca jamás. En los libros que solo son adorno en casa del pequeño burgués. En lo que sobra a unos pocos. En lo que le falta a muchos.

Ahí, hay picana.

En esta manera cuasi inútil de teclear y escribir poesía. De preguntarme ¿para que? ¿Para que? Y a pesar de eso, seguir y seguir, teclear y caminar y vivir a pesar de toda esa cosa que llaman picana.


Néstor Mendoza

viernes, 19 de marzo de 2010

La fortuna - Julio Santillán

Al comienzo se creyó que el problema era étnico. Luego se cayó en la cuenta de que lo que hacían los gringos, lo imitaban los judíos, los turcos... La última historia fue contundente: ocurrió en Yining. Habla de una familia acaudalada que hereda una mansión paterna. Fueron sistemáticos en su tratamiento. Primero voltearon el edificio de un diseño arquitectónico que no contemplaba ningún libro. Luego hurgaron los estómagos de la heterogénea fauna hasta pisotear sus entrañas. Más tarde revolvieron la tierra dejándola limpia. Y finalmente vaciaron esa porción de agua que contenía a las últimas especies.
La faena los hizo sentar en una lomada. Al ver que todo fue en vano empezaron a mirar a sus hijos con cierto desprecio, un odio avivado por las ánimas ancestrales. Hasta que volvieron en sí y maldijeron al abuelo y su tonta historia sobre el cofre de tesoro escondido en esos cien metros redondos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

CASITAS

Contar casitas. Internarse en el fondo de lugares que no existen, pero son. Contar casitas comunes. . . Detectar timbres, ver los postes de luz, la caja de los medidores. Imaginar la rutina de los que adentro sienten confortable el día cuando el perro ladra. Y repetir, todo el tiempo repetir, los gestos aprendidos ayer. Y saber, con tristeza, que esta poronga de la nada, estos dedos oxidados, con alambre están atados.


Contar casitas es lo que hago en esta cuadrícula dormida sobre yacimientos de miedo. Escucho gritos, conversaciones, miradas y no tengo más remedio que contar. . . Y la mujer que arrastra siete críos por la calle de tierra, no ladra pero parece: Esa es la mujer biónica. Con sus tetas llenas de leche y sus manos cuarteadas por la lavandina de los baños que limpió en el centro. Mas allá, dos nenes aturdidos por el sol hurgan en la basura, no encuentran a Dios. El hombre nuclear pasa en su moto de 50 centímetros cúbicos; el hijo, no sé si lo es, le llena un vaso de plástico con cerveza rubia. El hombre nuclear, sin dejar de manejar, la toma de un saque.


Contar casitas es lo que hago: La de aquí tiene cerca de palos y patio de tierra; más allá, un pieza sola con techo de chapa y ventana de madera al frente. Y nunca un número. . . ¡Bárbaros! No saben nada de Pitágoras, ni del existencialismo Sartreano, ni de la dialéctica Marxista. Diez tipos pasan por la calle, me piden monedas, ven mi credencial, tienen camisetas del Liverpool, del Ajax, y algún que otro chauvinista, la aurinegra típica del ocho.


Y la cumbia nos confunde a todos: Por aquí Gilda. Más allá Adrián y los dados negros, y la bomba que me muestra su pollera amarilla. También el fútbol para todos en la tele, y la novela de la tarde. Y sin embargo late y se adivina algo. Algo como vida, palpitaciones, movimientos. . . Y los toros de la Sociedad Rural que ladran por TN: “Esto no es así, no da para más”.


Esto no es así, no da, me digo, cuando vuelvo con la frente marcada por los polvos de la tarde. Llego a casa, miro mi credencial: Néstor Mendoza, dice. . . ¿Quién es este tipo? ¿Por qué siente que adentro le viborea una mamba negra? ¿Estará vivo? ¿Adónde va? Mi padre se muere el día de mi cumpleaños –viejo puto- y yo contando casitas. . . (Y no sé si es un tema de tenerla más larga o más corta). Mancho papelitos. Tengo veneno en la lengua y Chagas en las venas: Esto no es así, no da. Nunca da.


Néstor Mendoza

domingo, 28 de febrero de 2010

Pesadilla



Nunca creí que iba a llegar a esto. Claro, cuando una es joven le parece que la vejez es algo tan lejano que no existe, pero inexorablemente se hace presente. No le tengo miedo a la muerte, la muerte suele ser una liberación y en mi caso debe ser así, porque ya no soporto esta vida.

Ser anciana no me molesta, lo peor es caer bajo la dependencia de otras personas que no tienen el más mínimo interés en una. Y aunque haya sido una personalidad destacada de la cultura y las artes, todos se empeñan en tratarme como si fuera una idiota que no sabe pensar por sí misma.

No sólo se trata de que quieren imponerme dónde sentarme, cuándo acostarme, cuándo levantarme, si debo tomar fresco o ver la televisión. Lo más grave es que ya no puedo vestir mis prendas femeninas. Porque soy crossdresser, ¿sabe? Primero tuve que renunciar a mantenerme depilada y ver crecer ese vello que me remite a la parte de mí que detesto. Y de la ropa ni hablar. Les pedí a mis hijos que me trajeran algo aunque sea de todo lo que tengo en los roperos pero ellos no contestaban, era como si le hablara a la pared. Traté de hacerme de unas prendas que encontré en el canasto de la ropa sucia y me descubrieron las empleadas del geriátrico.

—¿Qué? ¿Ahora se hizo maricón? —dijo una de ellas, y las demás se rieron como si hubiera dicho una verdadera gracia.

Cuando insistí con mis hijos, finalmente se hartaron y me confesaron que Elena y Sara habían tirado todo a la basura. Elena y Sara son mis nueras, las muy brujas. Les pedí las fotos, esas fotos que adornaban mi dormitorio donde aparecía, entre otras cosas, con mis botas favoritas o con el vestido de seda verde que tanto me gustaba. También las tiraron, me confesaron. Mis nueras dijeron que era una inmoralidad, que yo era un pervertido y que sería la vergüenza de la familia si se sabía que me pasé la vida andando por ahí vestido de mujer.

Usted ya está viejo para esas cosas, argumentó la única empleada que me escuchó atentamente. El tiempo que prestó atención a mis reclamos antes de decirme esas palabras fue la única muestra de amabilidad que he conseguido en todo este tiempo.

¿Qué voy a hacer sin mis prendas femeninas, sin mi caja de maquillaje, las pelucas o la bijouterie? ¿Por qué tengo que renunciar a una parte de mí? Me han aprisionado. Dos veces, una en este maldito hogar de ancianos y la otra dentro de mi cuerpo de varón que ya no puede volar, como antes, adonde la fantasía no tiene límites.

Así que ando llorando por los rincones. Bueno, a veces llorando y otras mirando atentamente dónde el empleado de mantenimiento suele dejar el veneno para ratas.



Alexia Montes

lunes, 22 de febrero de 2010

Fidel o Pinochet

-¿Sabes qué? El mundo es redondo y da vueltas –decía el Víbora
mientras con el índice de la izquierda señalaba una pelota inexistente
en la derecha- hoy estás arriba y yo aquí, ¿ves?, abajo. Pero,
guardia, mañana se da vuelta la tortilla y yo estoy aquí- movía la
muñeca y señalaba el pulgar que ahora apuntaba con un nudillo para
arriba- ¿entonces? Entonces no jodas, viejo, no te preocupes por esos
que hoy te miran desde arriba, porque todo lo que sube, baja y todo lo
que baja –hacía un instante de silencio como pidiendo la respuesta-
¡sube! ¿Entiendes, amigo? ¿Capichas lo que te digo?
-Claro, capicho.
Un compendio de ideas hechas al gusto popular era el Víbora. Casi
siempre empezaba con Colón que descubrió que la Tierra es redonda,
¿sabías?, el mundo que da vueltas, seguía con el mil de ladrillos que
precisaba para construir un paredón móvil y matar a todos los
corruptos de la Argentina. Y terminaba con que el primer gobierno de
Perón fue bueno, pero en el segundo desbarrancó un poco.
-Porque ya no estaba la Eva- decía, quizás sin saber que esa forma de
nombrarla era típicamente anti peronista. Digo, porque otra de sus
frases hecha era que él no era anti nada o mejor dicho “soy anti
ladrones”.
Tenía varias frases de cabecera el Víbora, algunas políticas.
Conseguía una noticia “posta”, “de adentro” o “de un muchacho que
sabe” y entonces largaba:
-Cuando digo que la vaca es overa es porque tengo el cuero en las manos.
O aseguraba que ya se venía una difusa revolución de no se sabía muy
bien quiénes ni contra qué. Apenas veía que dudabas, advertía.
-Cuando te diga que es carnaval, vos apretá el pomo.
O daba consejos sobre las mujeres.
-Mujer que no coge, vuela, ¿vos has visto alguna que vuele?... Bueno,
todas cogen.
-Las mujeres son como las chapas, hay que clavarlas para que no se vuelen.
Y siempre terminábamos en la misma.
-Cuando uno se casa, lo primero que tiene que hacer es pegarle un buen
sopapo a la mujer. En la luna de miel hay que calzarla para que sepa
quién es el que manda.
-Che, ¿vos le has pegado a la tuya?
-No. Así me va también.
Al último aburría enormemente el Víbora. Lo veía y me daba una
sensación de hastío, Era como leer veinte mil veces el mismo
Patoruzito. Un decir, llegabas al café y le comentabas un asunto que
habías leído en el diario, no sé, cualquier cosa.
-Parece que el gobierno se ha quedado con un vuelto en el….
-Pará, pará, no me digas nada.
-Ah, ya sabes todo, ¿no?
-No sé nada. Pero a esos hay que matarlos a todos. Hay que pasarlos a degüello.
Y claro, te cortaba la inspiración. Porque si todo se arregla con un
paredón móvil entonces no hay conversación que dure. Además tenía una
confusión ideológica que te la voglio dire. Un día llegó a decir que
los dramas de la Argentina se arreglaban con un Fidel o… con un
Pinochet. Una vez no sé quien llevó unos amigos socialistas. Se
querían matar, porque además el Víbora se proclamaba socialista de la
primera hora, socialista de José Ingenieros, que era otro boludo, pero
boludo atómico, boludo nuclear.
Al final, qué quieres que te diga, al cabo de tantos años ya me tenía
podrido el Víbora con sus ideas de Compendio General Etimológico de la
Frase Hecha. Repodrido estaba. Cada vez que lo veía las bolas me
llegaban hasta la tercera napa freática.
Ese tiempo vino con la idea de las máscaras mortuorias. No sé dónde
habría leído o le habrían dicho que a los tipos importantes de antes,
cuando se iban para el otro barrio, les sacaban una máscara en yeso.
Una forma de guardarlos por si a alguien se le ocurría levantarles una
estatua.
-Deberíamos hacernos una máscara mortuoria nosotros también, pero
antes de morir- largó en una reunión.
Creo que fue el Gordo Tornillo el que le respondió:
-Mirá Víbora, te he oído decir miles de boludeces, pero como esta, ninguna.
Después vino con que había que aprovechar los cajones de los finados
de los monumentos de los cementerios para hacer muebles.
-Así nos ahorraríamos un montón de madera- explicó.
Pero para ese tiempo ya nadie lo consideraba como para andar
respondiendo las estupideces que se le ocurrían.
Yo quise hacerle una joda. Conté que en Reyes pondría un negocio en la
Tucumán frente al mercado: venta de agua y pastito para los camellos.
-Tantas macanas se venden para este tiempo, que qué voy a creer que no
voy a vender siquiera alguito- dije.
Pero nadie, salvo el Víbora, captó el chiste, la cargada. Tomó nota.
Otra ocasión propuso pena de muerte para los acaparadores. Y se enojó
porque le dije que acaparan porque tienen dónde.
-Cómo es eso.
-El tipo que acapara mercadería es porque tiene un galpón- le dije.
-Yo también terminaría con todos los galpones- respondió medio picado
No sé quién exclamó:
-¡Ah!, ¡bueno!
Y agregó
-Pero éste no es más pelotudo porque no se entrena.
Tuvimos que separarlos entre varios, porque así como lo ve, todo
flaquito, el Víbora tiene una fuerza bruta de la mierda.
Pero, ¿sabe qué era lo peor del tipo? Era porteño, hablaba como
porteño y ceceaba las eses como los porteños arrabaleros, ¿ha visto?
Eso que venía de una familia de chuchetas de allá, venidos a menos. Se
decía descendiente de Juan Manuel de Rosas, por los Anchorena, algo
así. Usté sabe como odiamos a los porteños en Santiago, sean
descendientes de Rosas o de don Juan de Garay. En realidad no es odio,
es odeo.
El Víbora no iba a cambiar sus pensamientos por una agarrada así
nomás. Es como si uno naciera con una idea y nadie se la va a sacar de
la cabeza. Parece que algunos vienen así de cuna. Pueden ser
excelentes guitarristas, pintores magníficos, escritores de nota, pero
cada vez que hablan, largan un macanazo. Hay varios dando vueltas por
el centro de Santiago todos los días.
Otra vez propuso no sé qué. Alguien también lo atajó diciéndole que
era una huevada, pero se defendió:
-Este- señalándome –anunció que iba a vender pasto para los camellos
de los Reyes y nadie le dijo nada.
Ahí me di cuenta de que había tomado nota de que mi supuesto negocio
de Reyes había sido una joda para él. En ese sentido, ningún quedado,
le digo.
Justo en ese momento yo estaba enfrascado en una discusión sobre una
película de la Sofía Loren, no sé qué y la dejé pasar. Pero me juré:
-Esta es la última que me haces, Víbora.
Y comencé a salir con el chumbo. Un Orbea del 32 que tenía en casa.
Por las dudas lo llevaba descargado.
Una mañana lo fui arreando despacito. Comencé hablando de un Fulano
que había sido amigo, ahora estaba de funcionario y me negaba el
saludo. Como nunca, ese día el bar estaba hasta el ojete de clientes.
Lo seguía llevando. Le digo más, llegó el Profe, que raras veces solía
venir, estaba también el Gordo Silva, Daniel Guerra, ¿no le digo?
Todos. Y yo seguía contando las cosas que se había comprado el amigo
funcionario.
-Antes no tenía ni para una bicicleta, ¿te acuerdas? Y ahora tiene dos
autos, a uno lo ha puesto a laburar para remís- seguía contando.
Y ahí fue cuando se le salió la cadena al Víbora.
-A esos hay que matarlos a todos.
-Sí- le respondí.
Y, del portafolio saqué el revólver.
-Tomá, andá, matalos y volvé.
Le dije.
El silencio que siguió fue como esa parte de la misa, después de la
comunión, cuando el cura se va a sentar y todos quedan quietitos,
esperando quién sabe qué. Primero quiso hacer como que agarraba el
arma, pero se dio cuenta de la cargada y de sentado nomás me largó un
semerendo seco que me tiró voleando a la mierda. Se me vino al humo,
diga que nos separaron, que si no, me mata, ¿no dije que es flaquito
pero bien fortacho?
Cuando se acuerdan, los muchachos siempre me piden el chumbo para
salir a matar funcionarios, me cargan de lo lindo. Pero yo he dejado
de frecuentar los bares a los que iba, para no encontrarlo al Víbora,
verlo nomás me produce una cosa como rabia, mezclada con no sé qué,
bilis pongalé.
Yo digo solamente dos cosas, primero que me enferman los tipos que
tienen ideas comunes, frases comunes huevadas comunes. Segundo, que se
cague, Víbora de mierda. El pez por la boca muere.

De Juan Manuel Aragón