viernes, 29 de enero de 2010
La sombra de Enzo Mitre
Soliloquio de Ernesto Jiménez
entre los intersticios
del poder
aguanten abuelas
hijos
nietos
el futuro es nuestro/nuestro/nuesro
el pasado también
viernes, 15 de enero de 2010
Sin título, de Lila Biscia
y yo
y Sara Kane
y los libros que leemos
y la escarcha de los autos
y la brisa que congela
y el rocío que se hace hielo
y otra vez vos
y yo
y tu olor
y tu piel
y mi sabor
y mi tristeza
y el olvido
y las otras cosas
y las cosas
y mis lagrimas
y tu voz
y otra vez vos
y el silencio
y el ruido que no entiendo
y los códigos que no me importan
y las reglas que se corren de lugar
y yo
en medio de la tormenta
y yo
sola
conmigo
con nadie
sin nadie
con vos
con ese
con esa
con todo adentro
y la nada
y mis manos
y mis ojos que te dicen
y vos que no entendes
o no queres
y yo
que solo quiero
que quiero algo
y que espero
aunque ya no
ya no espero
y bostezo
y miro
y muevo
y muero
y cierro los ojos
y empiezo otra vez:
y vos
y yo
y Sara Kane
y los libros que ya nunca más volveremos a leer.
miércoles, 13 de enero de 2010
Verdecidio de Mauricio Rey
sábado, 9 de enero de 2010
Deja
deja que hablen
por si las moscas
duérmete en vos
y en la cháchara de estos funerales.
Deja que se zambullan en los huecos de sus ruidos
nunca nadie bien supo de qué se trató todo esto
esta caravana
este hormiguero
este ir y venir de las cosas y sus cuerpos.
Déjate decir y no hagas caso
presta más bien oídos
al desplomarse de la cáscara
mientras la piel aprende
hincada en el absurdo de estos soles
que respirar apenas siempre fue un gesto
y no algo que cayó sobre uno
como si de lluvia se tratase.
Si hay ficciones entre tus manos, pódalas.
Si en tu cuerpo hay credos, óyelos de tanto en tanto.
Si en tus ojos duermen guerras y fisuras,
enciende sus luces y apaga sus deudas.
Entonces sí
el pulso será una cosa que te peregrine
un escándalo en paz
una conquista que en los adentros te deambule y te flote.
Deja
déjalos decir
no dice
déjate decir así y no de otro modo
non parla
ne parle pas
she does not speak
she does not talk.
Tirar afuera (en tiempo de guaracha) de Ernesto Giménez
al final
tengo el mismo derecho
que cualquiera
de los demás.
eh eh eh
(música de riff, pero vista en perspectiva)
publiquen, publiquen, publiquen
ego, ego, ego
a cual más grande
que cualquiera
de los demás
(redundancia-dundancia)
pasa la mañana
pasa una morocha
pasa una pasa
de uva
pasa lo que pasa
porque tiene que pasar
(silencio, no molestar)
el dulce no crece sino que
santiago se hunde
jajajajajaj
chiste viejo
viejo chiste
viejo
viejo
paulino ledesma
es ledesma fort
y yo sigo viendo
en perspectiva
porque no escucho
la música de riff
en tiempo de guaracha
viernes, 8 de enero de 2010
Disección de la Argentina conservadora

Hace mucho que no me reía tanto con un libro. En realidad, hace un año. El autor que me despertaba unas carcajadas irreprimibles en el hall de un hotel de Buenos Aires, era Bernardo Jobson. El libro en cuestión: El fideo más largo del mundo. Y el cuento más gracioso dentro de ese libro: Te recuerdo como eras en el último otoño. Léanlo y verán. (Sé que el sentido del humor es algo personal, pero confío en que el humor de Jobson no despierta demasiadas barreras).
Pero en este cierre de 2009 y comienzos de 2010 (qué amor al sistema decimal, diría Borges) fue otro autor el que me hizo reír con muchas ganas: Juan José Becerra. Conozco a Becerra, como a tantos otros escritores, más por apariciones en TV, columnas publicadas en diarios y entrevistas concedidas a suplementos tipo Ñ o ADN, que por una lectura ordenada de su obra. Y por supuesto, por algún encuentro casual –con sus libros, no con el autor- en esos paseos frecuentes que uno suele hacer por diversos estantes de diversas librerías. Fue así, por ejemplo, que una vez me topé con su ensayo La Vaca. Viaje a la pampa carnívora.
Pero el libro del que quiero hablar hoy es otro. Es una “novedad editorial”, aunque este calificativo despierte fundadas sospechas en quienes creen –con razones de sobra- que lo más valioso para leer ya fue escrito hace décadas, siglos y por qué no, milenios. Pero esta vez, les doy mi palabra, conviene hacer el esfuerzo que consiste en dejar por un rato “el clásico” que tengamos en la mesa de luz para meternos de lleno en Patriotas. Héroes y hechos penosos de la política argentina (¡no me digan que el título no los seduce desde el vamos!)
Empecemos. ¿De qué se trata Patriotas? De los discursos dominantes y sus portavoces, pero también de los discursos perimidos que todavía pululan en boca de personajes que se empeñan en retroceder el calendario. Aquello que los intelectuales de Carta Abierta denominaron “la restauración conservadora” –operada, sobre todo, después del enfrentamiento del Gobierno con las patronales agropecuarias- encuentra en el libro de Becerra su confirmación.
Bajo la pluma despiadada del autor de Patriotas desfilan el rabino Sergio Bergman, monseñor Héctor Aguer, el periodista Joaquín Morales Solá, el escritor Marcos Aguinis, el diputado Francisco de Narváez y el líder chacarero Alfredo de Angeli, entre otros. Becerra desmonta con una lucidez envidiable los pobres argumentos y las falacias de quienes inundan los medios de comunicación con sus declaraciones altisonantes.
El autor dice, por ejemplo, que Bergman le despierta “un poco de miedo”, porque lo ve “como una especie de cybrog, una maquinita antropomórfica que repite frases a una gran velocidad”, buscando más el efecto, la emoción y la empatía del espectador que el pensamiento y la reflexión. Con respecto a Marcos Aguinis, Becerra se hace una fiesta con el “panfleto” que aquél publicó en 2009 –y que claro, fue recontra best seller-: ¡Pobre Patria Mía! Con humor y mucha inteligencia, Becerra desarma como un rompecabezas el dispositivo de prejuicios con que trabaja “el gran autor argentino moderno”. Es también interesante el análisis de la campaña publicitaria de De Narváez, donde queda en evidencia cómo el millonario diputado basó su estrategia electoral en la degradación de la política, convirtiendo el eslogan “votame, votate” en algo que en verdad podía ser leído como: “ahuecame, ahuecate”.
Becerra deja para el último una pequeña crónica de los acontecimientos que tuvieron lugar entre marzo y julio de 2008 en Argentina. No hace falta aclarar de qué hablamos: “Fin del mundo en Agrolandia”, se titula este repaso por esos meses frenéticos. Allí, y también en el capítulo dedicado a De Angeli, Becerra destruye los lugares comunes devenidos en verdades consagradas, como esas que rezan que “el campo es la patria”, que “el campo nos da de comer” (como si nos regalaran los alimentos) o la visión del gaucho como reserva de la identidad argentina. En resumen, “el campo”, esa “máquina de producir supersticiones”...
Muchos de los personajes de Patriotas tienen características similares. Por ejemplo, sus discursos representan “el sentido común”, aunque para Becerra, “nada más lejos de la reflexión que el sentido común, un fenómeno totalmente inorgánico que se encuentra más del lado del hipo o de la tos que del pensamiento”. También son personajes que reflejan la “opinión pública”, “queja viviente colectiva que sucumbe por vicio tanto a las grandes esperanzas como a las pequeñas ideas”.
En medio de tantas novedades editoriales (¿hace falta enumerarlas?) que exudan un odio desmedido hacia todo aquello que no sea una condena brutal al oficialismo y, más que nada, al “matrimonio presidencial”, no está mal la aparición de un texto que venga a desmontar esos discursos que, basándose en una supuesta “vuelta a las instituciones” y “respeto a la democracia” sólo esconden ausencia de ideas y oportunismo barato.
En fin, un libro inteligente, bien escrito, y que además, hace reír. ¿Qué más se puede pedir en este verano pegajoso?
Esteban Brizuela
lunes, 4 de enero de 2010
Sensación placentera de María Luján Luna
sábado, 2 de enero de 2010
Los sueños o qué culpa tiene la manzana de Andrés Navarro
que no era la concepción médica del sueño,
sino la popular, medio arraigada aún en la superstición,
la más cercana a la verdad.”
Sigmund Freud
(hay una manzana verde en el vértigo de la última rama)
Cualquier sueño podría servirme de ejemplo; mas por diversos motivos escogeré uno propio que parezca falto de todo sentido y cuya brevedad facilite la tarea.
Años después, o poco después no recuerdo, descubrí la culpa. Esto ocurrió seguramente en verano; el calor es el acompañante ideal para la culpa. La culpa es esa fuerza que ejerce implacable dolor sobre el pecho y lo mantiene compacto. (la manzana está roja, pero sigue en su árbol esperando pacientemente alguna tentación) Fue en ese entonces cuando verdaderamente empecé a sufrir.
Había yo abandonado, en unión de un amigo mío, una poco numerosa reunión. Mi amigo se ofreció a tomar un coche y conducirme en él a mi casa. “Prefiero un cabriolé con taxímetro –dijo-. El verlo funcionar entretiene mientras se va en el coche.” Al subir al vehículo y abrir el cochero el aparato, dejando ver la cifra de 60 céntimos, que constituye la suma inicial del precio de la carrera, proseguí yo la broma de mi acompañante diciendo: “apenas hemos montado y ya le debemos 60 céntimos. Los coches con taxímetro me recuerdan siempre la mesa redonda de los hoteles. Le hacen a uno avaro y egoísta; recordándole de continuo su deuda. La manzana cae de madura y espera.
En el tejido cuya trama nos descubre claramente el análisis podría yo ahora separar más los hilos y demostrar que va a unirse todos en un nudo único; pero consideraciones de naturaleza no científica, sino privada, me impiden llevar a cavo en público esta labor.
Pasaron las estaciones del año y la manzana siguió esperando en soledad casi hasta desfallecer sus ideales. Una vez vio acercarse a un joven campesino que al verla ya toda arrugada se alejó presuroso. Otra vez, fueron alegres niñas que después de divertirse en las ramas del árbol, también se alejaron sin reparar en ella. Fue entonces cuando me vi perplejo en el atolladero de las elucubraciones y decidí abandonar la fe en cualquier tipo de creencia. Sin embargo, la culpa, fiel recordatorio de la deuda, sigue ejerciendo presión sobre este otoño eternizado, alucinógeno de manzanas pasadas, nunca más mordidas.
Recetario de Mauricio Rey
miércoles, 30 de diciembre de 2009
La cadena de Diana Beláustegui
La cadena decía: envíalo a 450 personas o 10 rayos caerán en tu camino, cien demonios golpearán a tu puerta y mil almas en pena rozarán sus cadenas en tus tobillos cuando camines de la cama al baño en la oscuridad de la noche.La leí dos veces, lo pensé tres, lo medité cuatro, y la cerré de una. Todavía recuerdo que cuando me levanté me encontré en el espejo del living con una sonrisa sobradora, de esas que se nos planta en la cara cuando sabemos que determinada situación está a la altura de nuestro ombligo, esas sonrisas que nos salen cuando nos sabemos ganadores, elevados, megalómanos, estafadores.
Y pensar que había gente que le creía a esas estupideces.
Poca cultura generaba esos miedos.
El que la había mandado tenía serias limitaciones intelectuales y todos aquellos que obedecían las indicaciones del texto eran colaboradores de la ignorancia.
Se me cruzó por la mente que ahora cualquiera podía tener una PC e Internet y que a través de ésta se desplazaba la incultura por todos lados queriéndose relacionar con todos, hasta con los que la despreciaban.
Sintiéndome superior a todo, a todos, me fui a la cocina a ver que encontraba en la heladera. Sonó el timbre.
Dejé la heladera abierta y corrí a atender. Al abrir la puerta no encontré a nadie, pero algo subió por debajo del pantalón y corrió por la pierna hasta quedar abrazada a mi rodilla.
La sensación de asquerosidad me confundió. Comencé a gritar y golpear con fuerza los pies contra el suela, cerré la puerta con furia y con la premura que el caso ameritaba me saqué el pantalón, rompiendo el cierre y arrancando el botón.
En la rodilla tenía una araña enorme, agarrada a mi piel como si de una garrapata se tratara.
Intenté sacarla a los manotazos y luego golpeándola con una toalla que había a mano.
Entre el asco que me producía y la sensación de terror que me torturaba las manos con espasmos nerviosos vomité todo lo que había comido y más también.
La tenía adherida como un parásito grande y oscuro. Como un castigo o una maldición. Esto último no se me cruzó por la mente, hasta el momento en que mi madre abrió la puerta de entrada y el bicho cayó muerto al suelo. Asustada por encontrarme en un estado tan deplorable de nerviosismo e histeria, ella, intentó calmarme para que pudiese contarle algo por encima de los sollozos.
Mencioné el timbre, el arácnido, más no la cadena maldita.
Me di una ducha, intenté relajarme, me tomé una pastillita para poder dormir tranquila y me fui a la cama.
A las cuatro me desperté con unas ganas horribles de orinar, no lo pensé, me levanté como autómata y me dirigí al baño en la oscuridad.
Antes de que llegara algo rozó mi tobillo. Recordé la araña y me quedé inmóvil. Tanteando encontré el interruptor y prendí la luz. Miré hacia abajo, los últimos eslabones de una cadena doblaban el recodo y se dirigían a mi habitación.
¿Qué encontraría si espiaba en esa dirección? ¿Qué horror me esperaba escondido bajo mi cama?
Estaba tentada de llamar a mi madre y que ella me socorriera, que mirara en mi cuarto como cuando era niña y que corriera al cuco que se escondía en mi ropero también.
Que me acompañase a la cama y se sentara a mi lado, tocándome el pelo hasta que me durmiera.
Poca cultura generaba esos miedos. Yo lo sabía, mi madre lo sabía y la gente culta con la que me relacionaba también.
Respiré hondo, me enderecé, levanté los hombros y con lo que me quedaba de dignidad caminé hasta el living, prendí la computadora y envié la cadena a los 450 que me indicaba y a unos tantos más también, por si, para acallar demonios y tranquilizar las almas en pena.
Sigo pensando que las cadenas son de gente de poca cultura y los que la obedecen son colaboradores de la ignorancia. Crédulos, supersticiosos y pobres almas escasamente cultivadas.
Me río cuando las encuentro, gozo con aire de superioridad cuando las cierro. Y a las 12 de la noche, cuando nadie me ve, las mando obediente, me pongo una remera en la cabeza como cuando era niña y jugaba a tener pelo de polera, me ato la sábana a la cadera y me acerco sigilosa, cambiando hasta la forma de mirar.
Porque cuando las mando no soy yo.
Invento personajes, personalidades, cierro los ojos y trato de no verme.
Poca cultura genera esos miedos.
Yo lo sé, mi madre lo sabe, mis amistades cultas lo saben, mis otros yo... ¡no!
martes, 29 de diciembre de 2009
Hormigas de Néstor Mendoza.
Para la Vero.No te creo nada. Pienso en hormigas. Desde el aire, allá arriba, lejos muy lejos; habrá un ojo que nos mira. Paseamos como hormiguitas agitadas cargando bolsas con cosas inútiles. Vamos de compra: celulares, zapatillas nike, miramos culos, los culos nos miran.
No te creo nada. Llego a casa, descubro en el suelo mi vaquero negro, un mundo de hormigas lo adornan. Lo sacudo, ellas enloquecidas escapan. Nosotros no podemos me digo. No podemos escapar de toda la estupidez disfrazada de importante. Voy al patio digo mis oraciones al limonero.
No te creo nada. Voy al baño y llevo mi poesía perfecta de las tardes, las leo sentado en el inodoro. Soy una hormiga que se deleita con el acto de defecar poéticamente. Luego me miro en el espejo. Todas las caras del mundo se me aparecen, menos la mía. Una música extraña se oye a lo lejos. No te creo nada.
No te creo nada. Decido dormir, pero antes prendo velas de olores, sobo el lomo de mi gata, me acomodo abrazando la almohada y pienso en hormigas en la cocina atacando el frasco de miel que dejé destapado, así son nuestros días me digo: un frasco de miel abierto y nosotros avanzando sin saber porqué. Pero igual, ya lo sabes: no te creo nada, no me creo nada. Es perfecta la oscuridad con las hormigas horadando los huecos de todas las casas.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Mentirse
Oigo “tengo calor” y despierto. Sabrina estira el cuello para mirar el cielo, cuando la cortina se hincha con el viento y se despega de la ventana. Estamos acostados; la cama es de una plaza pero tenemos espacio. Sabrina es alta y muy delgada; pudimos dormir bien, sin empujarnos ni abrazarnos. Ambos estamos vestidos; parece que nos acostamos así. Son livianas ropas de verano: yo una malla floreada y una remera azul; ella de musculosa y babucha negras. Ahora Sabrina se da vuelta y le veo la bombacha rosa. Debajo, el valle del culo, la piel abrillantada, los montes que tensan la tela. Acerco mi dedo hasta el nacimiento del valle, lo acaricio; levanto el dedo y estiro la bombacha, acaricio ambos cachetes moviendo lentamente el índice entre la tela y su piel. Sabrina se agita apenas. Anoche, sus suspiros eran cortos e inaudibles. Ahora, en el silencio total de la mañana, escucho apenas un resoplido. Ella me acaricia el vientre con el reverso de la mano. Un rato más y desistimos. Ninguno de los dos dice nada. La cortina sigue moviéndose, dejando entrar aire y luz, cambiando los colores de la pieza. Escucho un martilleo a lo lejos y algún pájaro cada tanto. Veo a Sabrina mirar el cielo; tiene ojos soñadores pero sospecho que ocultan tristeza. Es raro estar en esta situación con ella, pero se veía venir. Ella me conoce. Sabe todo de mí, sabe como soy.
Anoche, cuando quedamos solos y no había más nada por decir ni por hacer, nos fuimos acercando lentamente. Ahora debería llevarla a su casa, pensaba, pero seguía mirándola y ella a mí. Ambos sabíamos -porque lo habíamos hablado antes- que dejar que el otro dé el primer paso no nos absuelve de la responsabilidad. Sin embargo, ahí estábamos, midiéndonos muy cerca, sin decidirnos. Al fin le pregunté ¿quién se animará primero?; entonces ella vino hacia mí con la boca abierta y me besó, y así nos fuimos demorando en la cocina rumbo a la pieza. Sus pestañas largas me hacían cosquillas en los pómulos. Sabrina es toda suavidad, desde su forma de hablar hasta sus movimientos. En el recuerdo difuso de la noche, su cuerpo leve pierde peso mientras se entrelaza con el mío.
Hace calor en la habitación, es cierto. El aire es sofocante y caliente. Cuando la cortina de tela gruesa se hincha podemos atrapar una ráfaga y respirar, y distraernos con el charco celeste del cielo. Es martes 6 de enero; día de reyes para algunos niños. Sabrina se niega a decir palabra y yo a mirarla. Me acuerdo ahora de una chica tempestuosa con la que salí un breve período; me gustaba su voracidad en la cama pero nunca pude, o quise, enamorarme de ella. Cuando intenté dejarla, se lo tomó muy mal. Me dijo, entre insultos y reproches, que debería ser más cuidadoso con las personas. Recuerdo la escena: ella iba y venía por la cocina, gritaba, gruñía o se quedaba callada, ofuscada como un niño, siempre sin mirarme. Mientras, yo permanecía sentado y silencioso, dejándola descargarse y deseando que se fuera. Tenés que ser más cuidadoso, pienso ahora, me digo a mi mismo, mientras miro a Sabrina, que no tiene el impulso de aquella chica aunque sé, porque la conozco, que ha sufrido mucho.
A pesar de estos pensamientos, no llego a torturarme ni a perseguirme. Ella se muestra igual de ausente que yo. Nos levantamos y vamos al jardín. Tomamos mate y hablamos de nuestra amiga Lupe, o Lupita, que estuvo de juerga con nosotros anoche, en esta casa, y nos hizo reír con sus largos monólogos torturados. Miramos a mi perro moverse de un lado a otro en el jardín; detrás de la reja pasan motos, autos y bicicletas. Al otro lado de la calle hay un enorme descampado verde que contiene canchas de fútbol, silos abandonados y una estación de tren en desuso. Le cuento del circo que había venido, unos meses atrás, a instalarse en el baldío. Era un show para adultos, tipo teatro de revistas, aunque nada en la carpa ni en las luces de su fachada ni en su nombre (Magic Circus) lo delataba. Sólo decía, pequeño, junto a la entrada, “apto para mayores de 18 años”. Cuento que apenas duró una semana porque no tuvo éxito. Me dice que nunca se enteró de ese circo y me pregunta si yo fui. Le digo que no, pero que una vez vi algo interesante en su campamento, una noche que volvía a casa y acorté por ahí. Vi, entre el convoy dormido de camiones y casas rodantes, una luz que salía de una puerta recién abierta. Aparecieron dos vedettes emplumadas, de dorado brillante, abrazadas a un mimo con un traje negro. Una tomaba de pico un champán, la otra se sacaba barro del zapato. El mimo iba en el medio, riendo ruidosamente, a los gritos. Era dos cabezas más bajo que ambas mujeres y la cara blanca parecía, en la oscuridad, fluorescente. Sabrina mira el campo radiante bajo el sol y dice que le cuesta creer mi historia. Yo sonrío, tampoco encuentro posible situarla en el baldío que veo. Al rato me pide que la lleve.
El auto está sofocante; abro las ventanillas y dejo la radio apagada. Me asusto al cruzar un control de tránsito, empiezo a frenar pero vemos que sólo paran motos. No tengo carnet ni la tarjeta verde del auto. Sabrina ríe; casi te entregás, me dice. Atravesamos el boulevard central, bastante vacío a pesar de la hora, mirando las palmeras, los carteles sobre la calle, el empedrado protuberante y el canto rodado rojizo de los canteros. Conozco bien los objetos del boulevard; siempre me han parecido nefastos y representativos de lo peor de esta ciudad-pueblo, de los necios que se mienten a si mismos. Me fui apenas pude y siempre renegué de su idiosincrasia. Ahora este boulevard céntrico me parece plácido y hogareño. No sé en qué parte de todo esto me estoy mintiendo a mi mismo.
Dejo a Sabrina frente a su casa. No sabemos cómo despedirnos, creo que ella quiere darme un abrazo; yo le doy un fuerte beso en el cachete. Ella intenta sonreírme, a mi no me sale ninguna mueca. Baja del auto, la miro cruzar y arranco. En la esquina doblo; voy por calle Colón y agarro Rivadavia. Dejo el auto a una cuadra de la plaza. Quiero visitar a Fito en su estudio, pero él no está. Paso por el negocio de Marcelo, que es al lado. Lo encuentro tras el mostrador; tenemos una charla rápida y algo forzada. Hace tiempo que no nos veíamos. Le cuento que anoche vi a Lupe y Sabrina. Ah mirá vos, me dice; luego, con otro tono, acota:
Una rubia super sexy y altanera pasa junto a mí y me mira, sin cambiar la seriedad de su expresión. Se parece a Betina O’Connell. Baja las escaleras y antes de perderse veo sus ojos celestes sobre mí otra vez. No sé si ellas perciben algo, pero esta mañana me siento flotar en la bruma de las mujeres.
Salgo de la municipalidad. Quiero desayunar en un bar: facturas, café y jugo de naranja; pero antes compraré un libro para leer mientras tanto. El canje de revistas de la esquina de Lehmann y Alem no está más. Vuelvo sobre mis pasos y entro al enorme supermercado. Miro las cajeras detrás de los mostradores metálicos en hilera, con su uniforme azul a rayas, como de maestra jardinera. Solía tener, en distintas épocas, novias y pretendientes trabajando aquí. El recambio constante de empleadas me permitía la variedad y la discreción. Ahora miro a estas desconocidas. Hay muchas teñidas de rojo o de lila, muy jóvenes y pálidas. Parecen apagadas, pero quizás sea fruto del ambiente de trabajo y el uniforme. ¿Las que conocí eran especiales? Creo que no. No lo sé, en realidad; nunca las conocí demasiado. Si me pongo a pensar encontraré algo especial en cada una de ellas, pero no tengo ganas de eso. Veo ahora una chica que reconozco. Tiene el pelo castaño y ondulado, nariz larga y unos labios muy finos. No es linda ni fea; es normal y no me trasmite nada sexual. La recuerdo de verla siempre que visitaba a las otras. Trabaja hace años aquí y parece que lo disfruta, aunque sin entusiasmo. Le tengo cierto respeto. Creo que tiene un secreto valioso que desconozco o que no puedo comprender. No me interesa acercarme a ella, pero seguir viéndola en el supermercado se me hace necesario ahora, que puedo sentir que pertenezco a esta ciudad, que soy parte de su juego y que me miento a mi mismo.
Paso por el negocio donde trabaja Lupita. La veo sentada tras un escritorio con los párpados bajos; por momentos cabecea dormida. Cuando le golpeo el vidrio se despierta y me sonríe; sale a mi encuentro despabilada. Le pregunto cómo se levantó. Cuando desperté esta mañana no la encontré en la cama donde la dejamos durmiendo. Me dice que se despertó sola a las siete y media y que salió corriendo porque entraba a las ocho. Llegó descalza al trabajo y con la remera manchada de vino, así que tomó una mía; la que tiene puesta ahora. No parece habernos visto a Sabrina y a mí durmiendo en la otra habitación. ¿Cómo que llegaste descalza?, le pregunto. Si, me dice, así fui a tu casa ayer, me gusta ir descalza en mi auto super-sport. Por suerte acá dejé unas sandalias. Nos miramos en silencio. ¿Sabrina no se dio cuenta de nada?, me pregunta, y me sonríe con esa sensualidad que siempre me ha provocado. No, ni un poco, le digo yo.
Anoche, las veces en que Sabrina fue al baño, Lupita y yo nos besamos. En la primera ella me dijo estás lindo, y yo le dije, no, vos estás linda. No me mientas, me dijo, y me llevó del brazo hasta el espejo. Mirame, no estoy como antes, como cuando me conociste. Nuestras cabezas se tocaban mientras mirábamos a
Lupita, de día y en la puerta de su trabajo, me mira divertida y seductora. Piensa que no deberíamos decirle nada a Sabrina. Yo pienso lo mismo, le digo, pero también que nosotros dos deberíamos vernos otra vez. Ella ríe y me dice que irá a mi casa hoy, después del trabajo, “para discutirlo”. Me despido; sin duda la reunión de anoche le ha hecho bien. Está mejor que ayer; sin la apatía de la tarde, cuando la fuimos a buscar con Sabrina y nos miraba como sin entender qué hacíamos ahí, y sin la resignación de la madrugada, antes de que el alcohol la duerma. Pienso que es permisible querer acostarse con amigas deprimidas, les ofrezco sentir algo distinto al dolor. Me parece hipócrita y vulgar el pensamiento, pero igual se instala en mi conciencia.
Me compro dos libros en El Saber. Veo a esa chica que solía ser novia de un amigo de la secundaria. Siempre me han parecido sensuales sus labios despegados y la forma sugestiva de manifestase. La saludo y hablamos mirando los lomos de los libros. Trabajo en un estudio, me dice. ¿Podés leer allá?, le pregunto. Yo soy abogada, los libros son para leer en mi casa. Ahh, digo yo. Podría hablar sobre literatura, preguntarle sus gustos, recomendarle algo apasionante. Pero me alejo sin saludarla, pago los libros y me voy. Tengo dos amigas, dulces e intensas, que saben del dolor y la soledad, que comparten conmigo algo más que el lugar donde crecimos y las fiestas. No quiero, por más provocativa que sea, una abogada arrogante, despreciable espécimen típico de esta ciudad. Sabrina, Lupe y yo estamos en un núcleo de aislamiento y resistencia. Nuestros amigos en común están casados y eternamente preocupados por tener más dinero. Ellos no saben de nuestro agitar interno, ni lo entienden y ni les importa. La reunión de anoche fue una gema inusitada en estos días grises. Quiero mucho a estas chicas y no quisiera que nada estropee lo que reencontramos.
Vuelvo a casa. Hay un desastre formidable. No puedo hacerlo desaparecer todavía. Me cocino hamburguesas y me siento en el sofá. Anoche
De Anibal Chicco
viernes, 25 de diciembre de 2009
Amigos en la ruta de Néstor Mendoza
Me gusta veros amigosen las barbas de Whitman
y su salud perfecta de 36
en el arcano 17 de Bretón
en los halcones de Prodan
en el hashish de Baudelaire
en la mirada esquiva
de dioses guerreros
en los cuerpos atravesados
por lenguas extrañas
me gusta
siempre.
El ojo (más allá) de Mauricio Rey.
cargado de papeles,
trabajo,
con esas cosas en la casa:
Vacio!!!
mato el tiempo!!!
estrello un reloj contra la pared...
Wonderwall
suena en la radio,
quiero aferrarme a vos,
recorrer tus orillas,
dormirme bajo tus piernas,
dibujarte flores,
ángeles para tus ojos,
para que te guien,
unos centinelas.
Allá!!! allá donde vives!!!
sólo hay luz, oscuridad para volverse en sí,
para ir al centro,
para desarmarse y concentrarse.
Ver fotos,
analizar palabras,
desmenuzar la esencia,
vivir la vida,
escribir, hacer ciencia.
Momento II (Claire de lune) de Julia Jorge
Sentada en el umbral, escuchando el cielo reventar, deje caer mi cabeza para leer la página:
“Cuando no puede uno ayudar, debe callar. Nadie debe empeorar con su desesperanza el estado del paciente.
Por ello mismo deben ser destruidos todos mis garabatos. No soy una luz. Solo he quedado enganchado en mis propias espinas. Soy un callejón sin salida. Franz Kafka”.
Pensé en mí. Levante mi cabeza. Ya goteaba, como si las gotas me afirmaran mi presentimiento sobre las últimas líneas leídas.Agarre el lápiz y en el margen escribí:
“Me acuso a mí, por cargar este nombre, que es solo un rayón más. Por que no puedo armarme de paciencia para desenredar el nudo que ata mis manos y poder explicar de qué se trata esta pasión que búllese en mi sangre.”
Me nublé. Dejé de escribir. El suelo estaba completamente mojado. En estos últimos días, las grietas de mi cuerpo, arden.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Lamento de Maria Lujan Luna

Sin un hombro para llorar.
Sin lágrimas que desperdiciar.
Sólo palomas vuelan con el viento.
Es apenas dolor lo que yo siento.
Pero no me supe expresar.
Yo
Nunca aprendí a hablar.
A gritar.
Siempre parada a un costado.
Nunca del lado contrario.
Un estereotipo.
Un molde.
Una fotocopia en cadena.
Casi, casi un alma en pena.
Aunque no hice ningún esfuerzo.
Nunca tuve un solo tropiezo.
Todo lo que tenía era prestado.
Todo Ajeno.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Numeral... de Walter Neirot.
Sólo el invierno, La espera de Diana Beláustegui
Al principio, la estadía se tornó dura. No encontró a los que pensaba encontrar. Cuando llegó, ellos ya no estaban, se habían ido. En su lugar halló gente extraña, y no eran tantos tampoco.
Se habituó a las largas charlas, en las tardecitas, sentada a la salida de su morada, recordando historias antiguas. Aprendiendo también a convivir con el pasado, a aceptarlo como tal, como algo perdido. ¡Eso llevaba su tiempo!
En la primera semana se sintió desolada, lloraba mucho. Había mañanas en las que gritaba tan fuerte su impotencia que los gritos eran escuchados por los ocasionales visitantes del lugar, haciendo que más de uno huyera espantado.
Los que llegaban estaban un tiempo relativamente corto, comprendían todo, miraban lo que dejaban con ojos tristes y se marchaban arrastrando los pies con resignación.
Ella no. Se negaba a irse. No se iría sola como el resto. Ella lo esperaría. ¡Él no se merecía otra cosa! Ella esperaría lo que hiciese falta y el día de su entrada… le abriría el portón.
Se sienta y cuando piensa en eso es cuando realmente se siente feliz.
Ella sabe que llegará, seguramente, vestido con su mejor traje y escoltado por parientes llorones. Quiere ver su expresión cuando lo dejen solo y la encuentre. Cuando ella decida mostrar su rostro macabro con la pestilencia que traen los años y que se adhieren mohosos a su ser.
Ese día lo tomará de los hombros y lo conducirá al lugar donde se merece estar. Quiere verlo entrar, quiere verlo aterrado y suplicante, así como él la vio aquella última vez.
Se sienta afuera y contempla el tiempo pasar. ¿Qué son diez años, cuando uno espera por la venganza? ¡Diez años, no son nada! Ya llegará.
Por lo pronto, durante las noches, entra al mausoleo y se sienta a contemplar lo que queda de la belleza que supo poseer y acaricia los huesos rotos del cuello para no olvidar. Para poder seguir esperando sin olvidar.
Suspira profundo y los perros ladran.
Él llegará.


